Cuando los jueces se convierten en protagonistas

A diferencia de otros deportes en que la labor de los árbitros / jueces resulta cuestionada constantemente, en atletismo el importantísimo trabajo de los jueces suele pasar desapercibido. La tecnificación de los métodos de medida hace que la inexacta apreciación humana tenga cada vez menos importancia. No siempre fue así. Hoy día tanto el cronometraje como la determinación de salidas nulas se hacen electrónicamente, pero  hasta 1977 no dejó de considerarse el cronometraje manual para homologar las marcas en velocidad. En pruebas de velocidad de los Juegos Olímpicos, el cronometraje electrónico se empleó por primera vez en Los Ángeles 1932 e ininterrumpidamente desde Helsinki 1952. Sin embargo hasta Tokio 1964 el cronometraje electrónico se empleaba como simple apoyo. La marca oficial era la que los jueces establecían manualmente. Por ejemplo, el ganador de los 100 m en los Juegos de 1952, el estadounidense Lindy Remigino (1931) hizo un tiempo electrónico de 10,79. Sin embargo su tiempo oficial fue 10,4. Poco antes de proclamarse campeón olímpico de 100 m en 1960, el alemán Armin Hary (1937), se convirtió en el primer atleta en correr el hectómetro en 10,0. El tiempo real, electrónico, fue, sin embargo, 10,25. Hay que recordar que para homologar una plusmarca mundial se necesitaban 3 cronometradores. En esta carrera los tres tiempos fueron 10,0, 10,0 y 10,1. Además de por su personalidad, Hary fue muy polémico por su fulgurante salida. Según los analistas de la época, hacía más salidas nulas de las que le señalaban, pero entonces todo dependía del ojo del juez. Realizó su plusmarca mundial en la repetición de una carrera anterior que le habían invalidado por salida nula y en la que había registrado también 10,0, 10,16 en realidad.

A partir de los Juegos de 1964, el cronometraje electrónico pasó a ser oficial, pero de una forma un tanto curiosa. Bob Hayes (1942) ganó el oro en 100 m con 10,06. El tiempo manual fue 9,9. Sin embargo, la marca, casi 0,2 mejor que la de Hary, se homologó como plusmarca mundial igualada 10,0. Fuera de los Juegos Olímpicos, sin embargo, seguía mandando el cronometraje a mano, aunque también lo hubiese electrónico. En 1968 surgió una excelente generación de velocistas estadounidenses que llevó a romper (aproximadamente)  la barrera manual de 10,0. Hubo 3 registros de 9,9, cuyos tiempos reales fueron de lo más dispares: Jim Hines (1946), 10,03, Ronnie Ray Smith (1949 – 2013), 10,14 y Charles Greene (1945), 10,10. Estos dos últimos 9,9 peores que el 10,0 de Hayes. Fue Hines en la final olímpica de México 1968, en pista sintética y a más de 2000 m de altitud, quien realizó el primer tiempo real por debajo de 10,00, al marcar 9,95, que, sin embargo, se homologó como 9,9. Finalmente, el 1 de enero de 1977, el registro de Hines se validó como plusmarca mundial única con la marca real de 9,95, pero hasta entonces hasta 10 9,9 manuales se consideraron del mismo valor que el tiempo electrónico. Ciertamente la IAAF tardó en reaccionar, pero, desde entonces, los registros en pruebas cortas dejaron de depender del inevitablemente impreciso dedo de los jueces.

No solo la medida del tiempo, sino también de las distancias puede presentar un cierto margen de error por la apreciación de los jueces, sobre todo en el caso de los saltos nulos. Se trata de errores asumibles debidos a la imprecisión de los sentidos humanos. Sin embargo, ha habido casos en los que directamente a los jueces se les olvidó el lugar que ocupaban. Una de las pruebas que más polémica generó en la historia del atletismo fue la final de triple salto de los Juegos de Moscú 1980. Los jueces soviéticos señalaron 9 nulos en los 12 saltos realizados por el brasileño plusmarquista mundial, 17,89, João Carlos de Oliveira (1954-1999) y por el australiano Ian Campbell (1957). Ambos hicieron saltos, aparentemente válidos, que les habrían dado el oro y la plata. Años después se dijo que había un plan para dar el cuarto oro consecutivo al georgiano, entonces soviético, Viktor Saneyev (1945), si bien este resultó superado por su entonces compatriota el estonio Jaak Uudmäe (1954), que se hizo con el oro. La controversia no se limitó al triple salto. En el disco el cubano Luis Mariano Delís (1957), finalmente bronce, probablemente perdió el oro por un lanzamiento medido defectuosamente. El oro fue a parar, curiosamente, al cuello del soviético Viktor Rashchupkin (1950).

Otro incidente lamentable fue el sucedido en la prueba de salto de longitud en el Mundial de Roma de 1987, cuando los jueces locales transformaron un 7,85 m del atleta local Giovanni Evangelisti (1961) en 8,38. Este salto inicialmente le otorgó la medalla de bronce, que llegó a recibir. El Comité Olímpico Italiano decidió investigar un salto que ya en directo había parecido mucho más corto. Finalmente se determinó la medida real de 7,85 y se desposeyó al saltador italiano de una medalla que nunca había ganado.

Además del por justificable imprecisión humana y por falta de escrúpulos, un juez también puede se protagonista por despistado. En la final olímpica de lanzamiento de disco en Los Ángeles 1932 el francés Jules Nöel (1903 – 1940) realizó un cuarto lanzamiento probablemente superior a 49 m, que le habría permitido luchar por el oro. Desgraciadamente en aquel momento los jueces no prestaron atención al francés, pues estaban absortos con el duelo de salto con pértiga entre el estadounidense Bill Miller (1912-2008) y el japonés Shuhei Nishida (1910-1997). Nadie supo dónde había caído exactamente el disco. Nöel acabó 4º, pese a que los jueces, bastante avergonzados, le permitieron un lanzamiento más.

Afortunadamente estos casos son anecdóticos. Los problemas del atletismo, como sabemos, son otros, en los que los jueces no están incluidos, y que no tienen fácil solución.

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