El papel fundamental del entrenador en el atletismo

Probablemente no se podría entender a Herb Elliot sin Percy Cerruty, a Peter Snell sin Arthur Lydiard, a Steve Ovett sin Harry Wilson o a Sebastian Coe sin Peter Coe. En nuestro ámbito más cercano, ocurre lo mismo con Manolo Martínez y Carlos Burón o Ruth Beitia y Ramón Torralbo. ¿Quién atrae practicantes de un deporte extremadamente duro? ¿Quién detecta los talentos? ¿Y quién convierte las promesas en realidades? El entrenador tiene un papel fundamental en el atletismo, pero, como sucede con los maestros o con los médicos de atención primaria, ni social ni económicamente están reconocidos como deberían.

La experiencia vital del atleta es inevitablemente corta, en muchas ocasiones insuficiente para darse cuenta de que solo con su talento no puede sacar lo mejor de sí mismo. Allá por los años 80, cuando el adolescente que era entonces quien esto escribe comenzó a entrenar en la escuela de atletismo de la Universidad de Santiago de Compostela, el estadio de la Residencia rebosaba de atletas. Los máximos responsables eran 4 profesores de Educación Física que por nada o casi nada se dejaban 2 o 3 horas de su tiempo de ocio todos los días. Su labor comenzaba con la promoción del atletismo en sus respectivos centros de enseñanza y se continuaba en el estadio donde la misma persona podía entrenar a un lanzador de martillo de más de 60 m, un saltador de altura de más de 2,05 m o un corredor de fondo de menos 13:40,0. Detrás de esto, además de un entusiasmo desbordante, había mucho tiempo de formación y de dedicación, mucho más en los concursos donde cada detalle cuenta para perfeccionar una técnica que nunca es perfecta pero siempre mejorable.

El futuro atleta llega al atletismo solo con su talento que, como el temperamento, es estrictamente individual. Convertir el talento en excelencia no es una tarea fácil. El talento no es modificable. La capacidad y la motivación para soportar enormes cargas de trabajo y para mantener la cabeza fría sí lo son. El camino es muy duro, y muchos no son capaces de recorrerlo. Tal vez las lesiones les limiten su capacidad para afrontar trabajos físicos exigentes. Quizá no estén dispuestos a hacerlo, o no se lo permitan sus circunstancias personales. Puede que no soporten la presión de la competición. Algunos, sin embargo, sí lo consiguen, pero no lo hacen solos. Tienen detrás a muchas personas entre las que destaca el entrenador, el que tiene que diseñar y adaptar una programación tanto a corto como a largo plazo, el que tiene que explicar que el atletismo no es como la canción de Queen, I want it all and I want it now, el que en los malos momentos, que abundan, da una mano amiga, o frena la euforia en los buenos, el que pelea para que otros intereses no interfieran con el interés deportivo y el que, en definitiva, ayuda al atleta a que comprenda la esencia del atletismo y lo que ello supone en la vida de una persona.

Es cierto que hay atletas que, en una determinada época, se hacen sus propios planes, pero inevitablemente, para llegar a esa situación tuvieron que aprender de alguien. Un atleta no va sin entrenador, igual que una orquesta no va sin director. Si un país quiere tener buenos atletas, tiene que cuidar a los entrenadores. La ciencia del deporte se ha hecho demasiado compleja. El atleta no se puede permitir el lujo de renunciar al conocimiento. Estaría en franca desventaja ante sus rivales, de modo que potenciemos al entrenador. No hay alternativa.

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