Carros de Fuego y la esencia del pensamiento del atleta

Una de mis grandes aficiones de siempre es el cine. Sin duda se trata de un excelente medio de contar historias, de describir personajes, lugares, de mostrar el pasado. Puede mostrarnos cómo era el atletismo en el pasado y también nos puede hacer ver que la esencia del atletismo y de los atletas es atemporal. De sus muchas virtudes, tal vez sea esta la mejor de la cinta Carros de Fuego (Hugh Hudson, 1981), ganadora de 4 Óscars, incluyendo el de mejor película. Carros de Fuego narra la historia de un grupo de atletas cuyo objetivo son los Juegos Olímpicos de París 1924. Harold Abrahams, Andrew Lindsey, Aubrey Montague y Henry Stallard son cuatro amigos, estudiantes en la Universidad de Cambridge, a los que une la pasión por el atletismo. Por otro lado, Eric Liddle es un misionero escocés, estudiante en la Universidad de Edimburgo, apasionado por el deporte, que no quiere dejar pasar la oportunidad de la gloria en París, aunque esto le suponga algún disgusto familiar. Las interpretaciones de los actores protagonistas son todas ellas magníficas, sin duda uno de los sólidos pilares de esta película.

La puesta en escena es excelente. La película muestra cómo era la vida y el atletismo en los años 20. Entonces el tabaco era algo habitual entre los deportistas, las técnicas de entrenamiento eran diferentes y aún faltaba mucho para que las pistas dejasen de ser de tierra. Los velocistas no tenían tacos de salida y escarbaban unos agujeros en los que ponian los pies para salir. Chocan las vestimentas, especialmente las batas que algunos utilizaban en lugar del chandal.

Mucho ha cambiado el atletismo desde entonces, pero lo que continúa igual es la esencia del pensamiento del atleta, sin duda lo mejor de la película. El retrato psicológico de los personajes es sencillamente magnífico y representa en gran medida la relación que tienen deportistas de cualquier con el deporte que aman, pero que, en ocasiones, les genera no pocos problemas. En este sentido, tal vez el personaje más desarrollado es Harold Abrahams, interpretado por Ben Cross (1947) en un gran papel. Abrahams es judío, en una Europa terriblemente antisemita, en la que se siente absolutamente discriminado. Este antisemitismo apenas se menciona, salvo alguna referencia irónica entre los decanos del Trinity College y el Caius College. Abrahams utiliza el atletismo como medio de escape en una lucha, real o supuesta, contra un mundo que cree lo rechaza. Para ello no regatea esfuerzos, horas de entrenamiento, dedicación… Incluso contrata un entrenador profesional, Sam Mussabini, encarnado, otro gran papel, por Ian Holm (1931), lo que le ocasiona algunas opiniones encontradas con las autoridades académicas.

En su obsesión por ganar, Abrahams olvida disfrutar del camino y que perder forma parte de la competición. Una de las escenas más memorables de la película es la conversación que Abrahams mantiene con su novia Sybil Gordon, enorme Alice Krige (1955) con el personaje. Tras una derrota en una carrera de 100 m ante Liddle en Stanford Bridge, su, exagerada reacción, es de absoluto hundimiento. Sybil trata de devolverlo a la realidad:

Harold, esto es ridículo. Ha sido una carrera lo que has perdido, no un familiar. Te estás portanto como un chiquillo

– He perdido.

– Lo sé. Yo estaba también allí. Recuérdalo. Fue maravilloso. Estuviste maravilloso. Pero él fue mejor. Eso es todo. Tan solo eso. Ha ganado el mejor.

– Tenía que haberlo estudiado. Eso es algo absolutamente fundamental. 

– Él iba delante. No pudiste hacer nada. Él ha ganado clara y limpiamente.

– Todo se acabó, Abrahams.

– Si no puedes soportar una derrota, quizá sea mejor así.

– ¡¡Yo no corro para ser derrotado. Corro para ganar. Y si no puedo ganar no corro!!

– ¡¡Si no corres no puedes ganar!!

Sybil es la persona que necesita el atleta cuando entra en bucle y no es capaz de tener una visión de conjunto, porque no puede salir de su círculo de soledad y de frustración. Abrahams se sobrepone y cuando está en disposición de ganar el oro olímpico ya no tiene miedo de perder, tiene miedo de ganar, otra emoción omnipresente en la mente del atleta de competición. En otra escena memorable, Abrahams se sincera con su fiel amigo Montague, interpretado por Nicholas Farrell (1955), siempre dispuesto a poner un toque de equilibrio en la salvaje catarata de emociones del velocista de Cambridge.

El contrapunto a la personalidad atormentada de Abrahams es su amigo Lord Andrew Lindsay, fantástico Nigel Havers (1951). A diferencia del resto de los atletas, Lindsey no es un personaje real. Está basado lejanamente en Lord David Burghley (1905-1981), que consiguió el oro en los 400 m vallas en los Juegos Olímpicos de 1928. Lindsay disfruta del atletismo y de la vida. A diferencia de Abrahams no tiene que demostrarse ni demostrar nada. Para él el atletismo es un divertimento al que, no obstante, dedica un enorme esfuerzo, y que le produce un gran placer.

El otro personaje principal es Eric Liddle, también gran interpretación del malogrado Ian Charleston (1949-1990). Liddle es un deportista superdotado. Aunque en la película no se muestra era también jugador internacional de rugby. Es un devoto cristiano de profundas convicciones. Trata de dar lo mejor de sí en el atletismo como homenaje a Dios y es capaz de renunciar a los 100 m en los Juegos Olímpicos, su mejor baza, para evitar correr en domingo, y preparar a conciencia los 400 m, a priori menos favorables para él. La renuncia la hace meses antes de los Juegos, cuando el horario se hace público.

La película está llena de pequeños detalles muy interesantes, como Abrahams saltando longitud, prueba en la que era plusmarquista británico con 7.38 m, o la representación fugaz de atletas como el finlandés Paavo Nurmi (1897-1973), ganando el 1500 mientras Stallard es tercero, o el primer oro olímpico de raza negra estadounidense, el saltador de longitud William DeHart Hubbard (1903-1976), en la escena del entrenamiento de los atletas de su país.

Y hablar de Carros de Fuego es hablar de su banda sonora, compuesta por el griego Evángelos Odysséas Papathanassíou Vangelis (1943). Su tema principal se ha convertido en el himno del atletismo, pero merece la pena escuchar con atención el disco entero porque el resto de los temas no son inferiores.

Carros de Fuego es, sin duda, una obra maestra, no porque sea una gran película sobre atletismo, sino porque es una gran película.

Hay un interesante documental sobre los protagonistas reales de Carros de Fuego, presentado por Nigel Havers. En Youtube lo han dividido en 4 partes.

 

 

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