¿Habría podido el mejor Coe con el Cruz de Los Ángeles 84?

Tras la publicación de la segunda parte de la entrada sobre Joaquim Cruz, surgió un pequeño debate sobre lo que habría podido ocurrir si el brasileño se hubiese enfrentado al mejor Sebastian Coe, el de 1981. El deportista, no solo en el de alto nivel, pone el cuerpo al límite. Es habitual que lo pague en forma de lesiones, por lo que no es fácil mantener una continuidad. Seb Coe parecía invencible en 1981, pero en 1982, aquejado de una enfermedad seria, entonces no diagnosticada, ya no era el mismo. Pudo recuperarse para los Juegos Olímpicos de 1984. Su actuación fue magnífica, con la plata en 800 m y el oro en 1500 m, pero en la primera prueba no estaba como en 1981. Se enfrentó a un formidable Joaquim Cruz, que hizo, de largo, de 1984 la mejor temporada de su vida. ¿Habría podido el Coe de 1981 con el brasileño?

Sebastian Newbold Coe (Londres, 29 de septiembre de 1956) fue, en cierta manera, el producto atlético de su padre, Peter Coe (1919-2008). Es probable que esto condicionase sobremanera su primera etapa atlética, cuando, en alguna ocasión, le pudo su necesidad de ganar. Peter era un ingeniero al que preocupaba la biomecánica de su hijo, mal entrenada a su juicio, por lo que él mismo decidió dirigir la carrera atlética del joven Seb. Este comenzó sus éxitos internacionales en 1975. En Atenas se celebraba el campeonato de Europa Junior (sub20). Entonces Seb se dedicaba preferentemente al 1500, prueba en la que consiguió la medalla de bronce con 3:45,2, su mejor marca personal.

En 1976 consiguió bajar de 4 minutos en la milla por primera vez, 3:58,35, además de mejorar en 800 m hasta 1:47,7. En los dos años siguientes se dedicó casi exclusivamente a los 800 m, con alguna incursión en la milla. En 1977 se proclamó campeón de Europa de 800 m en sala. Al aire libre se convirtió en plusmarquista nacional con 1:44,95. En 1978 acudió al Europeo al aire libre de Praga con la mejor marca de los participantes, 1:44,25. Era el favorito, pero su inexperiencia en la alta competición le pasó factura. Se colocó en cabeza y dio paso al 400 en 49,56. Se acabó agotando y a duras penas consiguió entrar en el podio, 3º con 1:44,76. Poco después mejoró su marca hasta 1:43,97.

El año siguiente, 1979, Coe realizó una temporada superlativa. No compitió excesivamente, y básicamente se centró en los 800 m. Tan solo disputó una carrera de la milla y una de 1500 m. En ambas superó las plusmarcas mundiales con 3:48,95 y 3:32,03 respectivamente. En el campeonato británico fue segundo en los 400 m mejor marca personal de 46,87. En la prueba de las dos vueltas, el 5 de julio, en Oslo, consiguió una plusmarca mundial estratosférica de 1:42,33, 1,11 menos que el anterior tope universal, del cubano Alberto Juantorena (1950).

Ese año no hubo campeonatos importantes. Entonces no había Mundiales. No obstante, Coe disputó el 800 de la Copa de Europa, donde se enfrentó a rivales importante como los alemanes Willi Wülbeck (1954), 4º en los Juegos de Montreal, Olaf Beyer (1957), campeón de Europa en año anterior, o el italiano Carlo Grippo (1955), mejor marquista mundial en sala. Después de su actuación en Praga, donde aplicó una táctica equivocada, resultaba interesante ver a Coe en una prueba sin liebres con rivales de categoría. El británico no dio opción. En una carrera muy lenta, se mantuvo cómodo en posiciones secundarias hasta la última recta, momento en que con una gran aceleración se hizo con la victoria sin aparentar emplearse a tope.

En 1980 tendrían lugar los Juegos Olímpicos de Moscú. Tras el boicot decretado por el Presidente de Estados Unidos James Carter (1924), como represalia por al invasión soviética de Afganistán el año anterior, el Comité Olímpico Británico decidió ir a Moscú con bandera olímpica. Se había salvado el doble duelo en el medio fondo entre las dos estrellas británicas Seb Coe y Steve Ovett (1955). Ovett, que ya había sido 5º en los 800 m en los Juegos anteriores y 2º en el Europeo de 1978, había dejado esta prueba en un segundo plano para centrarse en los 1500 m y la milla. Parecía ligeramente superior a Coe en la prueba más larga, mientras que la superioridad de Seb en la doble vuelta semejaba incontestable. Poco antes de los Juegos había realizado con 2:13,40 la plusmarca mundial de 1000 m, tiempo equivalente a 1:43,39, en aquel momento solo al alcance del propio Coe. A la hora de la verdad sin embargo, su actuación en la doble vuelta de los Juegos fue muy deficiente. De sus siete rivales en la final, tan solo el francés José Marajó (1954) había bajado de 1:44,0 (1,43,9 en 1979). En una carrera muy lenta, Seb se mostró nervioso y dubitativo. Se quedó muy atrás y finalmente tan solo pudo salvar la plata. Ovett consiguió una sorprendente fácil victoria. A Coe le volvió a poder la necesidad de ganar.

Coe pudo sacudirse sus demonios con el oro en el kilómetro y medio. Su expresión facial al hacerse con la victoria lo decía todo. No prolongó demasiado esa agridulce temporada que terminó con una inesperada derrota ante el estadounidense Don Paige (1955), 1:45,04, frente a 1:45,07 del británico.

La temporada de 1981 de Seb Coe fue el epítome de la perfección. Pocas veces un atleta ha conseguido en una campaña lo que hizo el británico ese año. Como en 1981 seleccionó muy bien las carreras, centrándose más en los 800 m. Tan solo tomó parte en una carrera de 1500 m y en dos de la milla. En estas dos últimas superó con 3:48,53 y 3:47,33 las anteriores plusmarcas mundiales, en ambos casos en posesión de Steve Ovett. En el 1500 las liebres fueron demasiado rápidas. No obstante hizo mejor marca personal, 3:31,95, a 0,59 de la plusmarca mundial de Ovett. En total Coe intentó 5 plusmarcas mundiales y consiguió 4. El 10 de julio, en Florencia, mejoraba en los 800 m hasta unos asombrosos 1:41,73. El tiempo se calculó con dos células fotoeléctricas, ya que falló en cronometraje electrónico.

Poco después, el 11 de julio, el británico realizaba otro impensable registro, mejorando hasta 2:12,18 (1:44,56+) su plusmarca mundial del kilómetro, equivalente a 1:42,45 en los 800 m.

Esta superioridad se vio reflejada en la final de la Copa de Europa, donde Coe volvía a tener como principales rivales a Beyer, Wülbeck y Grippo, junto al bielorruso, entonces soviético, bronce en Moscú, Nikolai Kirov (1957) En una carrera muy lenta, como en 1979, Coe mostró una absoluta superioridad con un perfecto sentido táctico y un último 100 en 11,9.

Coe cerró su temporada superlativa con la victoria en los 800 m de la Copa del Mundo, donde se enfrentó a rivales de menos de 1:45,0, entre los que destacaban el estadounidense James Robinson (1954) y un joven brasileño de 18 años, plusmarquista mundial junior con 1:44,3, llamado Joaquim Cruz (1963). Tampoco en esta ocasión el británico dejó margen alguno. Como en la Copa de Europa, controló perfectamente una carrera lenta y acabó muy por delante de sus rivales en una última recta rapidísima.

En 3 años Coe había superado 8 plusmarcas mundiales y solamente había cosechado dos derrotas en 800 m. Lo malo es que una de ellas fue en la final olímpica. En 1979 había mostrado una total superioridad en la prueba pero en 1980 fracasó en los Juegos. En 1981 parecía un atleta mucho más fuerte, en todos los aspectos. Pero lo que cambiaría completamente la actitud de Coe ante la competición fue lo sucedido en los dos años siguientes, en los que pasó de lo más alto a ver peligrar seriamente su carrera atlética y su salud. Tras un importante deterioro en su rendimiento atlético, que le llevó a perder, otra vez, el oro en el 800 del Europeo de 1982, se descubrió que padecía una enfermedad, que inicialmente se diagnosticó como una mononucleosis infecciosa. Posteriormente el diagnóstico se cambió a toxoplasmosis, una enfermedad parasitaria más grave. Se perdió el Mundial de 1983, pero pudo volver para disputar los Juegos de Los Ángeles, aunque su forma era una incógnita. En cualquier caso, su actitud ante la competición era muy diferente a la de 4 años antes. Ganar ya no es cuestión de vida o muerte para mí, había declarado. Coe tuvo una actuación excelente. En 800 m corrió una final tácticamente impecable, pero Joaquim Cruz fue superior. En 1500 m se hizo con su segundo oro olímpico.

Es probable que con la actitud de 1984 hubiese hecho el doblete en 1980 pero ¿habría podido con Cruz con la forma de 1981? Cruz en 1984 cronométricamente valía lo mismo que Coe, pues acabó haciendo 1:41,77. Ese año corrió en 4 ocasiones en 1:43,0 o menos, Coe lo hizo también en 4 ocasiones, si incluimos su 1000 m de 2:12,18, pero en toda su carrera atlética. Cierto es que el británico dosificaba muy bien sus competiciones. El brasileño estaba en 1984 en el mismo estado de gracia que Coe en 1981 y ambos corrían en ritmos parecidos. Habría sido un enorme espectáculo verlos en una final olímpica en igualdad de condiciones. Tal como se desarrolló la carrera es probable que la táctica de ambos no hubiese variado demasiado. Coe previsiblemente habría esperado hasta la recta final para dar un hachazo como los de 1981. El resultado, no obstante, es historia alternativa. Tal vez Cruz habría resistido. Pero solo es mi opinión.

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El papel fundamental del entrenador en el atletismo

Probablemente no se podría entender a Herb Elliot sin Percy Cerruty, a Peter Snell sin Arthur Lydiard, a Steve Ovett sin Harry Wilson o a Sebastian Coe sin Peter Coe. En nuestro ámbito más cercano, ocurre lo mismo con Manolo Martínez y Carlos Burón o Ruth Beitia y Ramón Torralbo. ¿Quién atrae practicantes de un deporte extremadamente duro? ¿Quién detecta los talentos? ¿Y quién convierte las promesas en realidades? El entrenador tiene un papel fundamental en el atletismo, pero, como sucede con los maestros o con los médicos de atención primaria, ni social ni económicamente están reconocidos como deberían.

La experiencia vital del atleta es inevitablemente corta, en muchas ocasiones insuficiente para darse cuenta de que solo con su talento no puede sacar lo mejor de sí mismo. Allá por los años 80, cuando el adolescente que era entonces quien esto escribe comenzó a entrenar en la escuela de atletismo de la Universidad de Santiago de Compostela, el estadio de la Residencia rebosaba de atletas. Los máximos responsables eran 4 profesores de Educación Física que por nada o casi nada se dejaban 2 o 3 horas de su tiempo de ocio todos los días. Su labor comenzaba con la promoción del atletismo en sus respectivos centros de enseñanza y se continuaba en el estadio donde la misma persona podía entrenar a un lanzador de martillo de más de 60 m, un saltador de altura de más de 2,05 m o un corredor de fondo de menos 13:40,0. Detrás de esto, además de un entusiasmo desbordante, había mucho tiempo de formación y de dedicación, mucho más en los concursos donde cada detalle cuenta para perfeccionar una técnica que nunca es perfecta pero siempre mejorable.

El futuro atleta llega al atletismo solo con su talento que, como el temperamento, es estrictamente individual. Convertir el talento en excelencia no es una tarea fácil. El talento no es modificable. La capacidad y la motivación para soportar enormes cargas de trabajo y para mantener la cabeza fría sí lo son. El camino es muy duro, y muchos no son capaces de recorrerlo. Tal vez las lesiones les limiten su capacidad para afrontar trabajos físicos exigentes. Quizá no estén dispuestos a hacerlo, o no se lo permitan sus circunstancias personales. Puede que no soporten la presión de la competición. Algunos, sin embargo, sí lo consiguen, pero no lo hacen solos. Tienen detrás a muchas personas entre las que destaca el entrenador, el que tiene que diseñar y adaptar una programación tanto a corto como a largo plazo, el que tiene que explicar que el atletismo no es como la canción de Queen, I want it all and I want it now, el que en los malos momentos, que abundan, da una mano amiga, o frena la euforia en los buenos, el que pelea para que otros intereses no interfieran con el interés deportivo y el que, en definitiva, ayuda al atleta a que comprenda la esencia del atletismo y lo que ello supone en la vida de una persona.

Es cierto que hay atletas que, en una determinada época, se hacen sus propios planes, pero inevitablemente, para llegar a esa situación tuvieron que aprender de alguien. Un atleta no va sin entrenador, igual que una orquesta no va sin director. Si un país quiere tener buenos atletas, tiene que cuidar a los entrenadores. La ciencia del deporte se ha hecho demasiado compleja. El atleta no se puede permitir el lujo de renunciar al conocimiento. Estaría en franca desventaja ante sus rivales, de modo que potenciemos al entrenador. No hay alternativa.

Husillos y el exceso de celo

Las leyes, igual que los libros de Medicina, tratan de hacer la mejor generalización de muchos casos particulares. Pero, del mismo modo que los problemas de cada paciente deben gestionarse de forma individual, en el ámbito normativo debería también analizarse caso por caso. Ayer, tras haberme quedado absolutamente sorprendido por la exhibición de Óscar Husillos, pensé, durante unos minutos, que hoy estaría escribiendo sobre la progresión de la plusmarca europea de 400 m en sala. Desgraciadamente mi texto de hoy es para poner sobre la mesa que el exceso de celo normativo puede acabar con el espectáculo atlético que continuamente Lord Coe, en su calidad de Presidente de la IAAF, trata de buscar. No hace mucho escribí sobre el, indebido, protagonismo de los jueces, afortunadamente excepcional. Desde hoy tendré que añadir lo sucedido ayer.

Con el reglamento en la mano, el invadir la línea interna de la curva sin ser desplazado es motivo de descalificación. La norma es taxativa, no especifica ni cm ni tiempo, por lo tanto es suficiente 1 mm 0,01 s. Con esto podríamos terminar el debate, pero también podemos plantear una cuestión. ¿Se tipifican las infracciones porque sí o para evitar que el infractor se beneficie? Si son para evitar que el infractor se beneficie, ¿tiene sentido aplicarlas cuando no hay beneficio alguno? Es más, Husillos no solo no se benefició, sino que el pisar la línea con el pie derecho probablemente le obligó a girar su cuerpo hacia el mismo lado para no salirse de la línea, con la consiguiente pérdida de alguna centésima. Tampoco ayudaba una pista con curva de doble radio, que empuja al atleta hacia dentro a la salida de la curva.

Habitualmente la aplicación que se hace de las normas es razonable. A menudo vemos salirse brevemente en las curvas a atletas en carreras de fondo lentas, como sucedió en el Mundial de Londres con Mo Farah, pero se asume que es involuntario y que no beneficia en absoluto al corredor, más bien todo lo contrario. Si se aplicase de forma estricta el reglamento en el tema de los contactos y obstrucciones, en ocasiones tendríamos campeón de 800 o 1500 m sin necesidad de disputar la final. Sin embargo, en este campeonato, se ha decidido obviar el espíritu del reglamento y aplicarlo al pie de la letra. La consecuencia ha sido que se ha anulado la mejor carrera del campeonato, el mejor 400 de la historia de los campeonatos y la plusmarca europea de un plumazo. Deben ser las últimas directrices de la IAAF para fomentar el espectáculo tras la retirada de Usain Bolt.

Hay quien compara esta descalificación con la de Natalia Rodríguez en la final de los 1500 m del Mundial de Berlín 2009 tras haber cruzado la meta en primer lugar. En mi opinión no son comparables, pues mientras Husillos ni se beneficia ni perjudica a nadie, el adelantamiento interior de Rodríguez, una maniobra irregular, hace que una atleta tropiece y se vaya al suelo.

La descalificación de Husillos me recuerda, por su injusticia, a la del obstaculista keniano Ezekiel Kemboi en los Juegos de Río. 60 años antes, en los Juegos de Melbourne, los propios rivales de Chris Brasher se negaron a que fuese descalificado tras ganar el oro en obstáculos, también por exceso de celo.

Por cierto, al margen de la estricta aplicación del reglamento, la IAAF tampoco ha respetado las formas, entregando las medallas de la prueba de 400 m antes de comunicar oficialmente el rechazo del recurso de la Federación Española. Quizá también debían haber publicado al fotografía al tiempo que anunciaban por primera vez la descalificación. Cierto es que una vez constatada la infracción, había poco lugar al recurso pero ¿de verdad era necesario analizar el vídeo con microscopio?

No veo a la IAAF por buen camino y no solo por el asunto Husillos. Se entiende poco que las marcas mínimas para los concursos solo estén al alcance, literalmente, de 4 y haya que recurrir a la repesca. Por ejemplo en triple salto femenino, la mínima era 14,30 m. Hubo de repescarse, con 14,23 m, a Ana Peleteiro que finalmente fue bronce. Tampoco se comprende que en los concursos no se permita el 6º intento del 5º al 8º clasificado. Como bien dice el explusmarquista español de salto con pértiga, Alberto Ruiz, es como si en un 1500 no se permitiese disputar la última recta a los que ocupan la posiciones a partir de la 5ª.

Al margen de la polémica descalificación de Husillos y a falta de la jornada de hoy, las luces que veíamos algunos en el atletismo español tras el Mundial de Londres parece que se materializan. El Europeo de Berlín del verano será una buena ocasión para confirmarlo.