Carros de Fuego y la esencia del pensamiento del atleta

Una de mis grandes aficiones de siempre es el cine. Sin duda se trata de un excelente medio de contar historias, de describir personajes, lugares, de mostrar el pasado. Puede mostrarnos cómo era el atletismo en el pasado y también nos puede hacer ver que la esencia del atletismo y de los atletas es atemporal. De sus muchas virtudes, tal vez sea esta la mejor de la cinta Carros de Fuego (Hugh Hudson, 1981), ganadora de 4 Óscars, incluyendo el de mejor película. Carros de Fuego narra la historia de un grupo de atletas cuyo objetivo son los Juegos Olímpicos de París 1924. Harold Abrahams, Andrew Lindsey, Aubrey Montague y Henry Stallard son cuatro amigos, estudiantes en la Universidad de Cambridge, a los que une la pasión por el atletismo. Por otro lado, Eric Liddle es un misionero escocés, estudiante en la Universidad de Edimburgo, apasionado por el deporte, que no quiere dejar pasar la oportunidad de la gloria en París, aunque esto le suponga algún disgusto familiar. Las interpretaciones de los actores protagonistas son todas ellas magníficas, sin duda uno de los sólidos pilares de esta película.

La puesta en escena es excelente. La película muestra cómo era la vida y el atletismo en los años 20. Entonces el tabaco era algo habitual entre los deportistas, las técnicas de entrenamiento eran diferentes y aún faltaba mucho para que las pistas dejasen de ser de tierra. Los velocistas no tenían tacos de salida y escarbaban unos agujeros en los que ponian los pies para salir. Chocan las vestimentas, especialmente las batas que algunos utilizaban en lugar del chandal.

Mucho ha cambiado el atletismo desde entonces, pero lo que continúa igual es la esencia del pensamiento del atleta, sin duda lo mejor de la película. El retrato psicológico de los personajes es sencillamente magnífico y representa en gran medida la relación que tienen deportistas de cualquier con el deporte que aman, pero que, en ocasiones, les genera no pocos problemas. En este sentido, tal vez el personaje más desarrollado es Harold Abrahams, interpretado por Ben Cross (1947) en un gran papel. Abrahams es judío, en una Europa terriblemente antisemita, en la que se siente absolutamente discriminado. Este antisemitismo apenas se menciona, salvo alguna referencia irónica entre los decanos del Trinity College y el Caius College. Abrahams utiliza el atletismo como medio de escape en una lucha, real o supuesta, contra un mundo que cree lo rechaza. Para ello no regatea esfuerzos, horas de entrenamiento, dedicación… Incluso contrata un entrenador profesional, Sam Mussabini, encarnado, otro gran papel, por Ian Holm (1931), lo que le ocasiona algunas opiniones encontradas con las autoridades académicas.

En su obsesión por ganar, Abrahams olvida disfrutar del camino y que perder forma parte de la competición. Una de las escenas más memorables de la película es la conversación que Abrahams mantiene con su novia Sybil Gordon, enorme Alice Krige (1955) con el personaje. Tras una derrota en una carrera de 100 m ante Liddle en Stanford Bridge, su, exagerada reacción, es de absoluto hundimiento. Sybil trata de devolverlo a la realidad:

Harold, esto es ridículo. Ha sido una carrera lo que has perdido, no un familiar. Te estás portanto como un chiquillo

– He perdido.

– Lo sé. Yo estaba también allí. Recuérdalo. Fue maravilloso. Estuviste maravilloso. Pero él fue mejor. Eso es todo. Tan solo eso. Ha ganado el mejor.

– Tenía que haberlo estudiado. Eso es algo absolutamente fundamental. 

– Él iba delante. No pudiste hacer nada. Él ha ganado clara y limpiamente.

– Todo se acabó, Abrahams.

– Si no puedes soportar una derrota, quizá sea mejor así.

– ¡¡Yo no corro para ser derrotado. Corro para ganar. Y si no puedo ganar no corro!!

– ¡¡Si no corres no puedes ganar!!

Sybil es la persona que necesita el atleta cuando entra en bucle y no es capaz de tener una visión de conjunto, porque no puede salir de su círculo de soledad y de frustración. Abrahams se sobrepone y cuando está en disposición de ganar el oro olímpico ya no tiene miedo de perder, tiene miedo de ganar, otra emoción omnipresente en la mente del atleta de competición. En otra escena memorable, Abrahams se sincera con su fiel amigo Montague, interpretado por Nicholas Farrell (1955), siempre dispuesto a poner un toque de equilibrio en la salvaje catarata de emociones del velocista de Cambridge.

El contrapunto a la personalidad atormentada de Abrahams es su amigo Lord Andrew Lindsay, fantástico Nigel Havers (1951). A diferencia del resto de los atletas, Lindsey no es un personaje real. Está basado lejanamente en Lord David Burghley (1905-1981), que consiguió el oro en los 400 m vallas en los Juegos Olímpicos de 1928. Lindsay disfruta del atletismo y de la vida. A diferencia de Abrahams no tiene que demostrarse ni demostrar nada. Para él el atletismo es un divertimento al que, no obstante, dedica un enorme esfuerzo, y que le produce un gran placer.

El otro personaje principal es Eric Liddle, también gran interpretación del malogrado Ian Charleston (1949-1990). Liddle es un deportista superdotado. Aunque en la película no se muestra era también jugador internacional de rugby. Es un devoto cristiano de profundas convicciones. Trata de dar lo mejor de sí en el atletismo como homenaje a Dios y es capaz de renunciar a los 100 m en los Juegos Olímpicos, su mejor baza, para evitar correr en domingo, y preparar a conciencia los 400 m, a priori menos favorables para él. La renuncia la hace meses antes de los Juegos, cuando el horario se hace público.

La película está llena de pequeños detalles muy interesantes, como Abrahams saltando longitud, prueba en la que era plusmarquista británico con 7.38 m, o la representación fugaz de atletas como el finlandés Paavo Nurmi (1897-1973), ganando el 1500 mientras Stallard es tercero, o el primer oro olímpico de raza negra estadounidense, el saltador de longitud William DeHart Hubbard (1903-1976), en la escena del entrenamiento de los atletas de su país.

Y hablar de Carros de Fuego es hablar de su banda sonora, compuesta por el griego Evángelos Odysséas Papathanassíou Vangelis (1943). Su tema principal se ha convertido en el himno del atletismo, pero merece la pena escuchar con atención el disco entero porque el resto de los temas no son inferiores.

Carros de Fuego es, sin duda, una obra maestra, no porque sea una gran película sobre atletismo, sino porque es una gran película.

Hay un interesante documental sobre los protagonistas reales de Carros de Fuego, presentado por Nigel Havers. En Youtube lo han dividido en 4 partes.

 

 

Las zapatillas de la discordia

El artículo 143.2 del Reglamento Internacional de la IAAF (Federación Internacional de Asociaciones Atléticas) dice lo siguiente Los atletas pueden competir con pies descalzos o con calzado en uno o los dos pies. El propósito de las zapatillas para competición es proporcionar protección y estabilidad a los pies y una firme adherencia sobre el suelo. Tales zapatillas, sin embargo, no deben estar construidas de tal modo que proporcionen a los atletas una ayuda o ventaja injusta. Cualquier tipo de zapatilla usado debe estar razonablemente al alcance de todos en el espíritu de la universalidad del atletismo. El término ayuda o ventaja injusta resulta demasiado ambiguo. Probablemente el espíritu de la norma, cuando se redactó, fuese que la zapatilla protegiese el pie, y poco más. Si así fuese, el artículo se ha quedado completamente obsoleto. Nadie puede imaginarse a Usain Bolt (1986) haciendo 9,58 con las zapatillas que usó Jesse Owens (1913-1980) en los Juegos de Berlín de 1936 (fig 1).

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Figura 1. Zapatillas Adidas utilizadas por Jesse Owens en 1936. Fuente http://www.cordonsnegres.com/el-paso-por-alemania-de-jesse-owens/

 

El pasado fin de semana la ruptura, extraoficial, de la barrera de las 2 horas en 42 195 m por parte de Eliud Kipchoge (1984) y la estratosférica mejor marca mundial, con liebres masculinas, de maratón femenino, 2h14:04, por parte de Brigid Kosgei (1994), retomaron la polémica del calzado deportivo. Kipchoge corrió con un prototipo de Nike llamado Alphafly y Kosgei lo hizo con las Nike Vaporfly Next%. Estas zapatillas son las que últimamente llevan los atletas con las mejores marcas de maratón tanto en categoría masculina como femenina.

En un magnífico artículo, cuya lectura recomiendo encarecidamente, Jónatan Simón, experto en calzado deportivo, hace un detallado análisis técnico de las Nike Vaporfly Next% y de los modelos que la han precedido, tanto de la misma multinacional Nike como de otras marcas comerciales. Simón explica que el fundamento en la innovación del calzado deportivo de cualquier marca es optimizar la energía del pie en la carrera, de manera que no se pierda en movilizar articulaciones innecesarias. Con las Vaporfly Next% parece que se optimiza el 87% de la energía invertida. Se dice que además evitan lesiones, con lo que se puede entrenar más. En cuanto a las Alphafly parece que podría proveer al atleta con energía extra procedente de las propiedades elásticas de la zapatilla.

En un añadido al artículo 143.2 se especifica Cuando se facilite evidencia a la IAAF de que un tipo de zapatilla usado en competición no se ajusta al Reglamento o al espíritu del mismo, puede someter la zapatilla a estudio y si hay incumplimiento puede prohibir que tales zapatillas sean usadas en competición. En estos momentos la IAAF ha nombrado una comisión que decidirá si las zapatillas en cuestión cumplen la norma y si la norma es adecuada a los tiempos.

Hay al menos dos precedentes en los que la IAAF declaró no reglamentarias unas zapatillas. En 1957 el ruso, entonces soviético, Yuri Stepanov (1932-1957) conseguía romper el monopolio estadounidense en las plusmarcas mundiales de salto de altura, elevándose a 2,16 m. Pronto se comprobó que calzaba una zapatilla en su pie de batida, el izquierdo, con un alza de 5 cm. La IAAF prohibió al año siguiente este calzado limitando el alza a 13 mm. Stepanov, no obstante, conservó su plusmarca mundial, dado que en el momento en que la consiguió su calzado no era antirreglamentario. No le duró mucho, sin embargo, pues en una magnífica racha en 1960, el estadounidense John Thomas (1941-2013) mejoró tres veces el primado universal hasta 2,22 m.

Once años más tarde de la polémica del salto de altura, surgió otra con la velocidad. En septiembre de 1968 se celebraban las pruebas de selección olímpica en Estados Unidos. En Echo Summit, a 2250 m de altitud, en plena Sierra Nevada californiana, se había construido una pista de tartán para emular las condiciones de México, donde se celebrarían los Juegos. El 12 de septiembre tenía lugar la final de 200 m. El favorito John Carlos (1945) conseguía unos impresionantes 19,92 (19,7). Dos días después, Lee Evans (1947) ganaba la final de 400 m con unos no menos sorprendentes 44,06 (44,1). Las plusmarcas mundiales que correspondían a ambos registros no se homologaron, sin embargo, pues ambos atletas calzaban un modelo de Puma con 68 pequeños clavos que la IAAF no autorizó, alegando que tantos clavos dañarían las pistas (fig 2).

Puma john Carlos
Figura 2. La zapatilla de John Carlos y Lee Evans en Echo Summit. Fuente https://www.puma-catchup.com/the-forbidden-shoe/

No obstante, es probable que, más que las zapatillas, hubiesen influido más el material sintético, la altitud y la enorme calidad de los protagonistas. Un mes después, en los Juegos, Tommie Smith (1944), segundo en Echo Summit con 20,18 (20,0), protagonizaba la famosa final de 200 m ganado el oro con 19,83. Dos días después Evans mejoraba la plusmarca mundial de 400 m hasta 43,86.

 

No cabe duda que vivir el momento, en muchas ocasiones, nos dificulta ver la realidad con perspectiva. Se ha generado una enorme polémica con las zapatillas Vaporfly Next% y otra aun mayor con las Alphafly, a las que ya se han motejado como las zapatillas muelle. Pero el atletismo nunca ha sido ajeno a las polémicas. En su momento el profesionalismo se consideró una afrenta al deporte y los pagos, que existían bajo cuerda, una infracción tan grave que la correspondiente sanción terminó con las carreras de grandes atletas. A Paavo Nurmi (1897-1973) se le impidió disputar el oro olímpico en el maratón de 1932, a Gunder Hägg (1918-2004) y Arne Andersson (1917-2009) tomar parte en sus primeros Juegos Olímpicos, en Londres 1948, a Wes Santee (1932 – 2010) consolidar su carrera como mediofondista de élite… Hoy, sin embargo, la queja es lo mal pagado que está el atletismo. También en su momento se consideró que las liebres eran una ayuda ilícita. Hoy no nos imaginamos las carreras de las reuniones sin liebres. Incluso se llegó a cuestionar el estilo Fosbury en el salto de altura,

La tecnología ha ayudado a mejorar el rendimiento desde los inicios del deporte. El material sintético de las pistas de atletismo ha permitido correr más rápido, las colchonetas en los saltos verticales han permitido saltar más alto. Sin duda, el salto de pértiga es la modalidad que más se ha beneficiado del desarrollo tecnológico pasando de la madera, al bambú, al aluminio, a la fibra de vidrio y a la fibra de carbono. ¿Alguien se imagina qué sería de la prueba si solo se hubiese permitido el bambú? Y si miramos a otros deportes, en el tenis o en el ciclismo las raquetas y las bicicletas eran inicialmente de madera. Este papel decisivo de la tecnología se constata muy bien, porque se hace cronométricamente, en la plusmarca de la hora, donde las bicicletas son cada vez más ligeras y aerodinámicas.

Se han comparado las ventajas de estas nuevas zapatillas con la Fórmula Uno y se ha argumentado que su autorización convertiría el atletismo en algo parecido a las carreras de coches. La comparación no parece adecuada. En la Fórmula Uno corre el coche, en la carrera el atleta. En la Fórmula Uno el coche es fundamental, y el piloto el encargado de sacarle el mayor rendimiento, en la carrera el atleta es fundamental y las zapatillas ayudan a mejorar el rendimiento. En la Fórmula Uno los pilotos tiene acceso únicamente a los coches de su escudería, en la carrera el acceso al material deportivo es universal entre la élite.

La pelota está en el tejado de la IAAF, pero tome la decisión que tome, incluso si autoriza las Alphafly, el atletismo seguirá siendo atletismo, como la pértiga siguió siendo pértiga cuando se abandonó el bambú.

 

 

La revista Atletismo Español

Aunque hoy nos hemos acostumbrado a obtener la información que necesitamos fácil e instantáneamente, en la época preInternet este acceso era generalmente bastante complicado, y mucho más para campos como el atletismo. Algunos periódicos deportivos, como Marca, As (qué grande Ángel Cruz) o Mundo Deportivo, dedicaban cierto espacio al atletismo. Gracias a ello nos podíamos enterar de los resultados del campeonato de España o de la reunión de Zúrich. Pero, sin duda, nuestra mejor fuente era la revista, editada por la propia Federación Española de Atletismo (RFEA), Atletismo Español. Descubrí su existencia en septiembre de 1984. Durante la celebración de un cuadrangular internacional, en el estadio de la Universidad de Santiago de Compostela, se vendían ejemplares atrasados de la revista. Me había comprado tres que, al llegar a casa, devoré con avidez. Llevaba menos año y  medio practicando atletismo, pero me había enganchado completamente. Tenía especial interés por la historia de este deporte, por los atletas del pasado. Me desilusioné, sin embargo, cuando me di cuenta de, como se dejaba bien claro en la publicación, no se vendía en los kioskos de Santiago. Para conseguirla había que suscribirse y conseguir financiación en casa era una tarea casi imposible. Dos meses después, me llevé una grata sorpresa al ver en el kiosko que había debajo de mi casa esta portada:

José Manuel Abascal lidera la final olímpica de 1500 m de 1984. AE septiembre octubre 1984

Qué fotografía tan magnífica con José Manuel Abascal liderando la final olímpica de 1500 m de 1984. No tardó mucho tiempo en llegar a mis manos. Era la revista con los resultados y un profundo análisis de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Más que leerla, me la estudié. A partir de entonces, la revista Atletismo Español se vendía también en Santiago. Y creo que no falté a mi cita con ella en los 29 años siguientes. Durante todo ese tiempo hubo muchos colaboradores de la revista, pero recuerdo especialmente a mi buen amigo Ignacio Romo, con sus magníficos artículos sobre el medio fondo, en la época dorada de los 80, a Carlos Toro, con su estilo pulcro y literario, y, posteriormente, a otro gran entusiasta del medio fondo de los 80, Juan Manuel Botella, con quien tiempo después tuve la suerte de compartir interminables tertulias atléticas. También recuerdo  la Miscelánea de Alfonso Posada. Yo entonces no lo sabía, pero esa sección había nacido en los años 50 y se prolongó hasta los 90.

La revista Atletismo Español tuvo una vida azarosa, siempre ajustada de presupuesto. Su primer número vio la luz el mes de marzo de 1951. Se trataba, a decir de la propia revista, de un boletín  de 16 páginas. Su primera portada resulta hoy día sorprendente, pues no la ocupaba ningún atleta sino un militar, el septuagenario general José Moscardó, entonces Presidente del Comité Olímpico Español. Eran, evidentemente, otros tiempos.

Primer número de la revista Atletismo Español, con el General Moscardó en la portada

Esta primera época de la revista tuvo un recorrido muy corto, pues tan solo vieron la luz 5 números, publicados mensualmente, el último en septiembre de ese año. El Boletín de la Federación, sin embargo, volvió en noviembre de 1955, con el mismo formato y una portada normal, del campeonato de España de campo a través que entonces se celebraba en otoño. Curiosamente, este número contiene un artículo titulado Males del atletismo español, firmado por José Corominas, un tema recurrente durante muchos años.

La revista, pese a todas las dificultades, pudo consolidarse y ya no volvió a tener interrupciones en su publicación. El número de páginas fue aumentando y, a partir de 1956, tímida e intermitentemente, fue apareciendo el color en las portadas. Precisamente en las portadas en color (o en su falta) y en el número de páginas se manifestaban en la revista las crisis económicas generales, como sucedió en 1975, cuando se redujo drásticamente la cantidad de material impreso y se volvió a la portada en blanco y negro.  El color en las páginas interiores se fue generalizando a partir de los 80.

La revista fue cronista del despegue del atletismo español, desde los años en que lo máximo a lo que podía aspirar un atleta era a participar en los Juegos Olímpicos hasta los oros en todas las grandes competiciones, plusmarcas europeas y alguna mundial en sala o en la carretera.

El número 692, de diciembre de 2019 de la revista Atletismo Español

Con la aparición de Internet, el acceso a la información se multiplicó por infinito. Para muchos, sin embargo, la revista no había perdido su atractivo, pues los resultados de los campeonatos siempre se acompañaban de excelentes crónicas y tampoco faltaban interesantes artículos o entrevistas. Pero la revista acabó sucumbiendo al cambio de paradigma informativo. En febrero de 2013 dejaba de publicarse en papel y pasaba a formato digital, completamente gratuito para los lectores. Desgraciadamente no pudo aguantar el tirón, ni siquiera en formato digital, y tras 61 años de publicación mensual ininterrumpida, Atletismo Español echó el cierre en diciembre de 2016, con el número 692. ¿Habrá una tercera época?

En una gran iniciativa de Gerardo Cebrián, director de la revista de 2011 hasta 2016 (anteriormente había sido subdirector desde 1989), la Federación Española digitalizó pacientemente los casi 700 ejemplares de la revista, una joya para los aficionados al atletismo, que se puede conseguir aquí

http://www.rfea.es/revista/publicaciones.htm

¿Habría podido el mejor Coe con el Cruz de Los Ángeles 84?

Tras la publicación de la segunda parte de la entrada sobre Joaquim Cruz, surgió un pequeño debate sobre lo que habría podido ocurrir si el brasileño se hubiese enfrentado al mejor Sebastian Coe, el de 1981. El deportista, no solo en el de alto nivel, pone el cuerpo al límite. Es habitual que lo pague en forma de lesiones, por lo que no es fácil mantener una continuidad. Seb Coe parecía invencible en 1981, pero en 1982, aquejado de una enfermedad seria, entonces no diagnosticada, ya no era el mismo. Pudo recuperarse para los Juegos Olímpicos de 1984. Su actuación fue magnífica, con la plata en 800 m y el oro en 1500 m, pero en la primera prueba no estaba como en 1981. Se enfrentó a un formidable Joaquim Cruz, que hizo, de largo, de 1984 la mejor temporada de su vida. ¿Habría podido el Coe de 1981 con el brasileño?

Sebastian Newbold Coe (Londres, 29 de septiembre de 1956) fue, en cierta manera, el producto atlético de su padre, Peter Coe (1919-2008). Es probable que esto condicionase sobremanera su primera etapa atlética, cuando, en alguna ocasión, le pudo su necesidad de ganar. Peter era un ingeniero al que preocupaba la biomecánica de su hijo, mal entrenada a su juicio, por lo que él mismo decidió dirigir la carrera atlética del joven Seb. Este comenzó sus éxitos internacionales en 1975. En Atenas se celebraba el campeonato de Europa Junior (sub20). Entonces Seb se dedicaba preferentemente al 1500, prueba en la que consiguió la medalla de bronce con 3:45,2, su mejor marca personal.

En 1976 consiguió bajar de 4 minutos en la milla por primera vez, 3:58,35, además de mejorar en 800 m hasta 1:47,7. En los dos años siguientes se dedicó casi exclusivamente a los 800 m, con alguna incursión en la milla. En 1977 se proclamó campeón de Europa de 800 m en sala. Al aire libre se convirtió en plusmarquista nacional con 1:44,95. En 1978 acudió al Europeo al aire libre de Praga con la mejor marca de los participantes, 1:44,25. Era el favorito, pero su inexperiencia en la alta competición le pasó factura. Se colocó en cabeza y dio paso al 400 en 49,56. Se acabó agotando y a duras penas consiguió entrar en el podio, 3º con 1:44,76. Poco después mejoró su marca hasta 1:43,97.

El año siguiente, 1979, Coe realizó una temporada superlativa. No compitió excesivamente, y básicamente se centró en los 800 m. Tan solo disputó una carrera de la milla y una de 1500 m. En ambas superó las plusmarcas mundiales con 3:48,95 y 3:32,03 respectivamente. En el campeonato británico fue segundo en los 400 m mejor marca personal de 46,87. En la prueba de las dos vueltas, el 5 de julio, en Oslo, consiguió una plusmarca mundial estratosférica de 1:42,33, 1,11 menos que el anterior tope universal, del cubano Alberto Juantorena (1950).

Ese año no hubo campeonatos importantes. Entonces no había Mundiales. No obstante, Coe disputó el 800 de la Copa de Europa, donde se enfrentó a rivales importante como los alemanes Willi Wülbeck (1954), 4º en los Juegos de Montreal, Olaf Beyer (1957), campeón de Europa en año anterior, o el italiano Carlo Grippo (1955), mejor marquista mundial en sala. Después de su actuación en Praga, donde aplicó una táctica equivocada, resultaba interesante ver a Coe en una prueba sin liebres con rivales de categoría. El británico no dio opción. En una carrera muy lenta, se mantuvo cómodo en posiciones secundarias hasta la última recta, momento en que con una gran aceleración se hizo con la victoria sin aparentar emplearse a tope.

En 1980 tendrían lugar los Juegos Olímpicos de Moscú. Tras el boicot decretado por el Presidente de Estados Unidos James Carter (1924), como represalia por al invasión soviética de Afganistán el año anterior, el Comité Olímpico Británico decidió ir a Moscú con bandera olímpica. Se había salvado el doble duelo en el medio fondo entre las dos estrellas británicas Seb Coe y Steve Ovett (1955). Ovett, que ya había sido 5º en los 800 m en los Juegos anteriores y 2º en el Europeo de 1978, había dejado esta prueba en un segundo plano para centrarse en los 1500 m y la milla. Parecía ligeramente superior a Coe en la prueba más larga, mientras que la superioridad de Seb en la doble vuelta semejaba incontestable. Poco antes de los Juegos había realizado con 2:13,40 la plusmarca mundial de 1000 m, tiempo equivalente a 1:43,39, en aquel momento solo al alcance del propio Coe. A la hora de la verdad sin embargo, su actuación en la doble vuelta de los Juegos fue muy deficiente. De sus siete rivales en la final, tan solo el francés José Marajó (1954) había bajado de 1:44,0 (1,43,9 en 1979). En una carrera muy lenta, Seb se mostró nervioso y dubitativo. Se quedó muy atrás y finalmente tan solo pudo salvar la plata. Ovett consiguió una sorprendente fácil victoria. A Coe le volvió a poder la necesidad de ganar.

Coe pudo sacudirse sus demonios con el oro en el kilómetro y medio. Su expresión facial al hacerse con la victoria lo decía todo. No prolongó demasiado esa agridulce temporada que terminó con una inesperada derrota ante el estadounidense Don Paige (1955), 1:45,04, frente a 1:45,07 del británico.

La temporada de 1981 de Seb Coe fue el epítome de la perfección. Pocas veces un atleta ha conseguido en una campaña lo que hizo el británico ese año. Como en 1981 seleccionó muy bien las carreras, centrándose más en los 800 m. Tan solo tomó parte en una carrera de 1500 m y en dos de la milla. En estas dos últimas superó con 3:48,53 y 3:47,33 las anteriores plusmarcas mundiales, en ambos casos en posesión de Steve Ovett. En el 1500 las liebres fueron demasiado rápidas. No obstante hizo mejor marca personal, 3:31,95, a 0,59 de la plusmarca mundial de Ovett. En total Coe intentó 5 plusmarcas mundiales y consiguió 4. El 10 de julio, en Florencia, mejoraba en los 800 m hasta unos asombrosos 1:41,73. El tiempo se calculó con dos células fotoeléctricas, ya que falló en cronometraje electrónico.

Poco después, el 11 de julio, el británico realizaba otro impensable registro, mejorando hasta 2:12,18 (1:44,56+) su plusmarca mundial del kilómetro, equivalente a 1:42,45 en los 800 m.

Esta superioridad se vio reflejada en la final de la Copa de Europa, donde Coe volvía a tener como principales rivales a Beyer, Wülbeck y Grippo, junto al bielorruso, entonces soviético, bronce en Moscú, Nikolai Kirov (1957) En una carrera muy lenta, como en 1979, Coe mostró una absoluta superioridad con un perfecto sentido táctico y un último 100 en 11,9.

Coe cerró su temporada superlativa con la victoria en los 800 m de la Copa del Mundo, donde se enfrentó a rivales de menos de 1:45,0, entre los que destacaban el estadounidense James Robinson (1954) y un joven brasileño de 18 años, plusmarquista mundial junior con 1:44,3, llamado Joaquim Cruz (1963). Tampoco en esta ocasión el británico dejó margen alguno. Como en la Copa de Europa, controló perfectamente una carrera lenta y acabó muy por delante de sus rivales en una última recta rapidísima.

En 3 años Coe había superado 8 plusmarcas mundiales y solamente había cosechado dos derrotas en 800 m. Lo malo es que una de ellas fue en la final olímpica. En 1979 había mostrado una total superioridad en la prueba pero en 1980 fracasó en los Juegos. En 1981 parecía un atleta mucho más fuerte, en todos los aspectos. Pero lo que cambiaría completamente la actitud de Coe ante la competición fue lo sucedido en los dos años siguientes, en los que pasó de lo más alto a ver peligrar seriamente su carrera atlética y su salud. Tras un importante deterioro en su rendimiento atlético, que le llevó a perder, otra vez, el oro en el 800 del Europeo de 1982, se descubrió que padecía una enfermedad, que inicialmente se diagnosticó como una mononucleosis infecciosa. Posteriormente el diagnóstico se cambió a toxoplasmosis, una enfermedad parasitaria más grave. Se perdió el Mundial de 1983, pero pudo volver para disputar los Juegos de Los Ángeles, aunque su forma era una incógnita. En cualquier caso, su actitud ante la competición era muy diferente a la de 4 años antes. Ganar ya no es cuestión de vida o muerte para mí, había declarado. Coe tuvo una actuación excelente. En 800 m corrió una final tácticamente impecable, pero Joaquim Cruz fue superior. En 1500 m se hizo con su segundo oro olímpico.

Es probable que con la actitud de 1984 hubiese hecho el doblete en 1980 pero ¿habría podido con Cruz con la forma de 1981? Cruz en 1984 cronométricamente valía lo mismo que Coe, pues acabó haciendo 1:41,77. Ese año corrió en 4 ocasiones en 1:43,0 o menos, Coe lo hizo también en 4 ocasiones, si incluimos su 1000 m de 2:12,18, pero en toda su carrera atlética. Cierto es que el británico dosificaba muy bien sus competiciones. El brasileño estaba en 1984 en el mismo estado de gracia que Coe en 1981 y ambos corrían en ritmos parecidos. Habría sido un enorme espectáculo verlos en una final olímpica en igualdad de condiciones. Tal como se desarrolló la carrera es probable que la táctica de ambos no hubiese variado demasiado. Coe previsiblemente habría esperado hasta la recta final para dar un hachazo como los de 1981. El resultado, no obstante, es historia alternativa. Tal vez Cruz habría resistido. Pero solo es mi opinión.

El papel fundamental del entrenador en el atletismo

Probablemente no se podría entender a Herb Elliot sin Percy Cerruty, a Peter Snell sin Arthur Lydiard, a Steve Ovett sin Harry Wilson o a Sebastian Coe sin Peter Coe. En nuestro ámbito más cercano, ocurre lo mismo con Manolo Martínez y Carlos Burón o Ruth Beitia y Ramón Torralbo. ¿Quién atrae practicantes de un deporte extremadamente duro? ¿Quién detecta los talentos? ¿Y quién convierte las promesas en realidades? El entrenador tiene un papel fundamental en el atletismo, pero, como sucede con los maestros o con los médicos de atención primaria, ni social ni económicamente están reconocidos como deberían.

La experiencia vital del atleta es inevitablemente corta, en muchas ocasiones insuficiente para darse cuenta de que solo con su talento no puede sacar lo mejor de sí mismo. Allá por los años 80, cuando el adolescente que era entonces quien esto escribe comenzó a entrenar en la escuela de atletismo de la Universidad de Santiago de Compostela, el estadio de la Residencia rebosaba de atletas. Los máximos responsables eran 4 profesores de Educación Física que por nada o casi nada se dejaban 2 o 3 horas de su tiempo de ocio todos los días. Su labor comenzaba con la promoción del atletismo en sus respectivos centros de enseñanza y se continuaba en el estadio donde la misma persona podía entrenar a un lanzador de martillo de más de 60 m, un saltador de altura de más de 2,05 m o un corredor de fondo de menos 13:40,0. Detrás de esto, además de un entusiasmo desbordante, había mucho tiempo de formación y de dedicación, mucho más en los concursos donde cada detalle cuenta para perfeccionar una técnica que nunca es perfecta pero siempre mejorable.

El futuro atleta llega al atletismo solo con su talento que, como el temperamento, es estrictamente individual. Convertir el talento en excelencia no es una tarea fácil. El talento no es modificable. La capacidad y la motivación para soportar enormes cargas de trabajo y para mantener la cabeza fría sí lo son. El camino es muy duro, y muchos no son capaces de recorrerlo. Tal vez las lesiones les limiten su capacidad para afrontar trabajos físicos exigentes. Quizá no estén dispuestos a hacerlo, o no se lo permitan sus circunstancias personales. Puede que no soporten la presión de la competición. Algunos, sin embargo, sí lo consiguen, pero no lo hacen solos. Tienen detrás a muchas personas entre las que destaca el entrenador, el que tiene que diseñar y adaptar una programación tanto a corto como a largo plazo, el que tiene que explicar que el atletismo no es como la canción de Queen, I want it all and I want it now, el que en los malos momentos, que abundan, da una mano amiga, o frena la euforia en los buenos, el que pelea para que otros intereses no interfieran con el interés deportivo y el que, en definitiva, ayuda al atleta a que comprenda la esencia del atletismo y lo que ello supone en la vida de una persona.

Es cierto que hay atletas que, en una determinada época, se hacen sus propios planes, pero inevitablemente, para llegar a esa situación tuvieron que aprender de alguien. Un atleta no va sin entrenador, igual que una orquesta no va sin director. Si un país quiere tener buenos atletas, tiene que cuidar a los entrenadores. La ciencia del deporte se ha hecho demasiado compleja. El atleta no se puede permitir el lujo de renunciar al conocimiento. Estaría en franca desventaja ante sus rivales, de modo que potenciemos al entrenador. No hay alternativa.

Husillos y el exceso de celo

Las leyes, igual que los libros de Medicina, tratan de hacer la mejor generalización de muchos casos particulares. Pero, del mismo modo que los problemas de cada paciente deben gestionarse de forma individual, en el ámbito normativo debería también analizarse caso por caso. Ayer, tras haberme quedado absolutamente sorprendido por la exhibición de Óscar Husillos, pensé, durante unos minutos, que hoy estaría escribiendo sobre la progresión de la plusmarca europea de 400 m en sala. Desgraciadamente mi texto de hoy es para poner sobre la mesa que el exceso de celo normativo puede acabar con el espectáculo atlético que continuamente Lord Coe, en su calidad de Presidente de la IAAF, trata de buscar. No hace mucho escribí sobre el, indebido, protagonismo de los jueces, afortunadamente excepcional. Desde hoy tendré que añadir lo sucedido ayer.

Con el reglamento en la mano, el invadir la línea interna de la curva sin ser desplazado es motivo de descalificación. La norma es taxativa, no especifica ni cm ni tiempo, por lo tanto es suficiente 1 mm 0,01 s. Con esto podríamos terminar el debate, pero también podemos plantear una cuestión. ¿Se tipifican las infracciones porque sí o para evitar que el infractor se beneficie? Si son para evitar que el infractor se beneficie, ¿tiene sentido aplicarlas cuando no hay beneficio alguno? Es más, Husillos no solo no se benefició, sino que el pisar la línea con el pie derecho probablemente le obligó a girar su cuerpo hacia el mismo lado para no salirse de la línea, con la consiguiente pérdida de alguna centésima. Tampoco ayudaba una pista con curva de doble radio, que empuja al atleta hacia dentro a la salida de la curva.

Habitualmente la aplicación que se hace de las normas es razonable. A menudo vemos salirse brevemente en las curvas a atletas en carreras de fondo lentas, como sucedió en el Mundial de Londres con Mo Farah, pero se asume que es involuntario y que no beneficia en absoluto al corredor, más bien todo lo contrario. Si se aplicase de forma estricta el reglamento en el tema de los contactos y obstrucciones, en ocasiones tendríamos campeón de 800 o 1500 m sin necesidad de disputar la final. Sin embargo, en este campeonato, se ha decidido obviar el espíritu del reglamento y aplicarlo al pie de la letra. La consecuencia ha sido que se ha anulado la mejor carrera del campeonato, el mejor 400 de la historia de los campeonatos y la plusmarca europea de un plumazo. Deben ser las últimas directrices de la IAAF para fomentar el espectáculo tras la retirada de Usain Bolt.

Hay quien compara esta descalificación con la de Natalia Rodríguez en la final de los 1500 m del Mundial de Berlín 2009 tras haber cruzado la meta en primer lugar. En mi opinión no son comparables, pues mientras Husillos ni se beneficia ni perjudica a nadie, el adelantamiento interior de Rodríguez, una maniobra irregular, hace que una atleta tropiece y se vaya al suelo.

La descalificación de Husillos me recuerda, por su injusticia, a la del obstaculista keniano Ezekiel Kemboi en los Juegos de Río. 60 años antes, en los Juegos de Melbourne, los propios rivales de Chris Brasher se negaron a que fuese descalificado tras ganar el oro en obstáculos, también por exceso de celo.

Por cierto, al margen de la estricta aplicación del reglamento, la IAAF tampoco ha respetado las formas, entregando las medallas de la prueba de 400 m antes de comunicar oficialmente el rechazo del recurso de la Federación Española. Quizá también debían haber publicado al fotografía al tiempo que anunciaban por primera vez la descalificación. Cierto es que una vez constatada la infracción, había poco lugar al recurso pero ¿de verdad era necesario analizar el vídeo con microscopio?

No veo a la IAAF por buen camino y no solo por el asunto Husillos. Se entiende poco que las marcas mínimas para los concursos solo estén al alcance, literalmente, de 4 y haya que recurrir a la repesca. Por ejemplo en triple salto femenino, la mínima era 14,30 m. Hubo de repescarse, con 14,23 m, a Ana Peleteiro que finalmente fue bronce. Tampoco se comprende que en los concursos no se permita el 6º intento del 5º al 8º clasificado. Como bien dice el explusmarquista español de salto con pértiga, Alberto Ruiz, es como si en un 1500 no se permitiese disputar la última recta a los que ocupan la posiciones a partir de la 5ª.

Al margen de la polémica descalificación de Husillos y a falta de la jornada de hoy, las luces que veíamos algunos en el atletismo español tras el Mundial de Londres parece que se materializan. El Europeo de Berlín del verano será una buena ocasión para confirmarlo.