La carrera más sucia de la historia

Richard Moore (1973) es un escritor y periodista escocés y antiguo ciclista. Ha escrito varios libros sobre ciclismo y, muy crítico con las drogas en el deporte, publicó en 2012 La carrera más sucia de la historia: Ben Johnson, Carl Lewis y la final olímpica de 100 m de Seúl, publicada en español por Libros de la ruta en 2018. Esta carrera fue, probablemente, el caso más famoso de la historia de uso de drogas prohibidas en una competición atlética.

En los Juegos Olímpicos de 1984, el estadounidense Carl Lewis (1961) se había convertido en una estrella al igualar los cuatro oros de Jesse Owens (1913-1980) en los Juegos de 1936. Lewis no tuvo rival en ninguna de las cuatro pruebas, 100 m, 200 m, salto de longitud y relevos 4 x 100m. En la distancia más corta, un canadiense de pocas palabras, inmigrante de Jamaica, había conseguido con su bronce impedir el triplete estadounidense. Su nombre, Ben Johnson (1961), apenas sonaba entonces en los ambientes atléticos, pero estaba a punto de comenzar una pugna que superaría con mucho el espacio mediático del atletismo y del deporte.

Cuatro años después, el 24 de septiembre de 1988, Carl Lewis se encontraba en Seúl, en la línea de salida de la final de los 100 m. El estadounidense había acudido a Corea del Sur con la intención de repetir los cuatro oros olímpicos de los anteriores Juegos. Esta vez no lo tendría nada fácil. Ben Johnson, a quien había derrotado fácilmente en 1984, lo había batido en 6 de los 10 anteriores enfrentamientos entre ambos, incluyendo la final del Mundial de Roma el año anterior, en la que el canadiense se había hecho con una estratosférica plusmarca mundial de 9.83. Lewis se encontraba, no obstante, confiado. Esa temporada solo habían coincidido un mes antes, en Zúrich, y el resultado fue contundente para Lewis, 9.93 contra 10.12 de Johnson, derrotado también por otro estadounidense, Calvin Smith (1961), 9.97. Pero en la carrera decisiva, Johnson pareció de otro mundo. Lewis marcó su mejor tiempo de siempre, 9.92, pero se quedó lejísimos del canadiense quien, parándose, registró unos asombrosos 9.79. La expresión en la cara del estadounidense tras su contundente derrota lo decía todo.

La final había superado todas las expectativas con un crono para la historia pero… no era real. Hacia el final del mismo día 24, se supo que en una de las muestras analizadas había restos de un esteroide anabolizante llamad estanozolol. El 25 de madrugada, con el conocimiento de que la muestra pertenecía a Ben Johnson, se comunicó el resultado al equipo canadiense y horas después el contraanálisis resultaba también positivo. El día 26 a las 10 de la mañana el Comité Olímpico Internacional comunicaba en una rueda de prensa la noticia. El movimientos olímpico, los patrocinadores y los aficionados de todo el mundo recibían un terrible mazazo. El velocista que representaba la imagen del atletismo era falso.

Moore cuenta todo esto hacia el final de su libro. Dedica las páginas anteriores a hacer una semblanza bastante detallada de las trayectorias de ambos atletas. Entrevista a 36 personas relacionadas de alguna manera con este oscuro episodio, entre ellas los propios protagonistas.

Lewis, criado en una familia de clase media muy interesada en el deporte, se convirtió en millonario antes de los Juegos de 1984 gracias al atletismo, pese a que, oficialmente, seguía siendo amateur. Un personaje clave en su vida es su representante Joe Douglas (1936), fundador del Santa Monica Track Club, capaz de gestionar cantidades de dinero entonces impensables para sus atletas por competir en Europa. Curiosamente, Douglas no tenía buena opinión de los velocistas, a los que consideraba indisciplinados y poco constantes. Cambió viendo al actitud de Lewis. Moore cuenta que ambos, Lewis y Douglas, esperaban un mayor beneficio económico, en forma de patrocinadores, tras los Juegos de Los Ángeles. Pero el interés por el atletismo en Estados Unidos era limitado y el atletismo aún estaba saliendo del amateurismo. No evita el autor, detallar la actitud arrogante y los problemas de Lewis con sus compañeros, así como sus reticencias para entrenar el relevo. También cuenta su poco exitosa carrera musical.

Los orígenes de Johnson fueron muy distintos. Procedía de una familia de Jamaica que había emigrado a Toronto. El personaje fundamental para Johnson fue su entrenador Charlie Francis (1948-2010), un antiguo velocista acreditado en 10.1, que pronto introdujo a su pupilo en el mundo de los esteroides. Pronto Carl Lewis, con quien siempre mantuvo una relación agria, se convirtió en su objetivo.

Moore cuenta cómo el uso de sustancias prohibidas era bastante generalizado en los años 80, con unos métodos de detección claramente insuficientes, y unos dirigentes poco interesados en investigar demasiado.

Pero lo que más destaca el autor, y de ahí el título, es que de los 8 finalistas de la carrera de Seúl, 6 tuvieron en algún momento relaciones más o menos oscuras con las sustancias prohibidas. Tan solo Calvin Smith, bronce, y el brasileño Robson Caetano da Silva (1964), 5º, mostraton una carrera atlética limpia. Smith ha declarado en numerosas ocasiones que se considera el vencedor de aquella carrera. Carl Lewis dio positivo por estimulantes durante las pruebas de selección olímpica de 1988. Alegó la ingesta de un producto de herboristería que contenía esas sustancias prohibidas. Se libró de una sanción de 3 meses que le habría impedido ir a los Juegos. El británico Linford Christie (1960), plata, vivió una situación similar con estimulantes tras ser 4º en los 200 m de Seúl. Se aceptaron sus explicaciones. No obstante, en 1990 dio positivo por anabolizantes. Al estadounidense Dennis Mitchell (1966) se le detectaron restos de testosterona en 1996. El canadiense Desai Williams (1959), entrenado por Francis, 6º en la final, seguía un programa de consumo de esteroides similar al de Jonhson. Por último, el jamaicano Ray Stewart (1965) , que se lesionó, aunque consiguió llegar a la meta, se vio implicado en un asunto de tráfico y administración de sustancias prohibidas a los atletas que entrenaba en 2008.

En su país de acogida Johnson pasó de héroe a villano. Gran parte de la prensa lo calificó de traidor y de tramposo. El Gobierno de Canadá decidió abrir una comisión de investigación, presidida por el juez Charles Dubin (1921-2008), que descubrió un uso bastante generalizado de sustancias prohibidas en el deporte. Johnson, tras haber negado cualquier relación con estos productos, acabó confesando que usaba esteroides desde principios de los 80. Se dijo que para recuperarse de la lesión que había tenido a mitad de la temporada de 1988, el atleta incumplió los plazos para que los restos del fármaco desapareciesen de su organismo. Sin embargo, Johnson siempre ha negado este extremo, alegando que, aunque consumía esteroides, jamás había usado el estanozol y que le habían tendido una trampa.

En resumen, un libro muy recomendable para conocer el mundillo atlético de los años 80 y para profundizar en el mundo de las drogas, tal vez la parte más oscura del deporte.

Alonzo Babers, un ingeniero militar campeón olímpico de 400 m

El boicot de los Juegos Olímpicos de 1984 por parte de los países del Este redujo ostensiblemente el nivel de diversas pruebas femeninas y de algunas masculinas, sobre todo lanzamientos y salto con pértiga. Pese a ello, en Los Ángeles hubo momentos que quedaron para la historia de los Juegos: los cuatro oros del estadounidense Carl Lewis (1961), los espectaculares 800 m, la resurrección del británico Sebastian Coe (1956) o la consolidación como fondista del marroquí Said Aouita (1959). Una de las carreras que tuvo mayor nivel fueron los 400 m, donde un estadounidense poco conocido llamado Alonzo Babers (1961) mejoró dos veces su plusmarca personal hasta hacerse con el oro con unos magníficos 44.27, entonces cuarta marca mundial de siempre.

Alonzo C Babers había nacido en Montgomery (Alabama) el 31 de octubre de 1961. Debido a la ocupación de su padre, que era militar, la familia se trasladó a Alemania, donde el joven Alonzo realizó el bachillerato, en concreto en el Instituto Americano de Kaiserlauten. En 1979 se unió a la Academia Militar del Ejército del Aire de los Estados Unidos, donde se graduó en Ingeniería Aeroespacial. Intentó inicialmente jugar al fútbol americano, pero las lesiones y la falta de peso corporal le hicieron buscar otro deporte, por lo que se fijó en el atletismo.

En 1982 realizó unos buenos 46.86 en pista cubierta, aunque apenas mejoró al aire libre, hasta 46.41. Sin embargo, en 1983 dio un enorme salto de calidad, al registrar 45.07, tiempo con el que ganó la serie B de la reunión de Zúrich. Se había clasificado para disputar el relevo 4 x 400 m del campeonato del Mundo, pero el equipo estadounidense, tras problemas con una entrega de testigo, solo pudo ser sexto.

Babers se preparó intensamente para disputar los Juegos Olímpicos de 1984, que tendrían lugar en Los Ángeles. Primeramente habría que superar las siempre complicadas pruebas de selección, que se celebraban en el propio estadio olímpico. Babers tuvo un excelente papel. Ganó su semifinal mejorando marca hasta 44.95 y fue segundo en la final, nuevamente con plusmarca personal de 44.86, en una carrera que lideraba a falta de 30 m. El ganador, Antonio McKay (1964), corrió en 44.71.

En los Juegos, Babers disputaría los 400 m y el relevo 4 x 400 m. Para la prueba individual se organizaron cuatro rondas. La primera ronda se programó para el 4 de agosto. Babers se impuso en la quinta serie con 45.81. El tiempo más rápido de la ronda correspondió a McKay con 45.55. Los cuartos de final se celebraron al día siguiente, 5 de agosto. Babers hizo marca personal de 44.75, ganando su serie. No obstante, McKay volvió a realizar el mejor tiempo, con 44.72. No obstante, ninguno de ellos se impuso en las semifinales del 6 de agosto. Babers fue segundo en la primera semifinal, con 45.17, a 0.01 del ganador, el nigeriano Innocent Egbunike (1961), mientras McKay fue tercero, con 44.92, en la segunda semifinal, por detrás del costamarfileño Gabriel Tiacoh (1963-1992), 44.64 y el nigeriano Sunday Uti (1962), 44.83, en ambos casos mejores marcas personales. En esta semifinal, el campeón del mundo, el jamaicano Bert Cameron (1959) protagonizó un hecho espectacular. Sufrió un tirón a los 150 m de carrera, se paró, perdió 10 metros, y, tras decidir continuar, fue capaz de alcanzar la cuarta posición, que le daba acceso a la final, si bien su lesión le impidió presentarse.

En la carrera definitiva del 8 de agosto, no había un claro favorito. Babers y McKay parecían en buena forma, pero la sorprendente semifinal de Tiacoh lo había convertido en un rival de mucho peso. El joven australiano Darren Clarke (1965) tuvo una salida fulgurante y consiguió mantenerse en cabeza hasta la entrada de la última recta, en que se vio superado por Tiacoh y por Babers. El estadounidense no dio opción a su rival y se fue a la meta como una exhalación con el sobresaliente registro de 44.27. Tiacoh se hizo con la plata, mejorando de nuevo hasta 44.54. El bronce fue para McKay, 44.71, mientras el bravo Clarke se quedó a un suspiro del podio, cuarto con 44.75, el mismo tiempo que el tercer estadounidense Sunder Nix (1961). El australiano repetiría la misma posición cuatro años después en los Juegos de Seúl. Uti ocupó la sexta plaza con 44.93, mientras Egbunike, séptimo con 45.35, fue el único finalista en correr por encima de 45.00.

En una final de altísimo nivel, la actuación de Babers fue espectacular. Sus 44.27 lo convertían, como ya se había indicado, en el cuarto cuatrocentista más rápido de siempre, y el segundo al nivel del mar, por detrás del oro y la plata olímpicos de 1968, los estadounidenses Lee Evans (1947), 43.86, y Larry James (1947-2008), 43.93, y del cubano campeón olímpico en 1976, Alberto Juantorena (1950), 44.26. Al estadounidense le quedaba el relevo 4 x 400 m. Se esperaba una final rapidísima. En las semifinales, sin Babers, los estadounidenses habían registrado 3:00.19. Y la final no decepcionó, con cuatro equipos por debajo de 3:00.00. Sunder Nix realizó la primera posta y entregó el tercero en 45.59. El segundo relevista estadounidense fue Ray Armstead (1960), acreditado en 44.91, que había sido cuarto en las pruebas de selección. Realizó un magnífico parcial de 43.97 y entregó el segundo, a 0.32 de los australianos, que lideraban la prueba. Babers, el tercer relevista, pasó enseguida a la primera posición, que la mantuvo el resto de su posta, en la que marcó 43.75. Finalmente, un tiempo de 44.60 de Antonio McKay quien corriendo solo probablemente no dio lo mejor de sí, daba el oro a Estados Unidos con unos excelentes 2:57.91, mejor marca de siempre al nivel del mar, no muy lejos de la mítica plusmarca mundial, 2:56.16, realizada en la final olímpica de 1968. El Reino Unido fue segundo con 2:59.13, Nigeria tercera con 2:59.32 y Australia cuarta, dos cuartos puestos para Clarke, con 2:59.70.

La excelente actuación de Babers hizo que se señalase como un posible candidato a correr la vuelta a la pista en menos de 44.00, pero él tenía otros planes. Ese mismo año abandonó la competición internacional y comenzó su formación como piloto de combate. No obstante, aún compitió ocasionalmente. En 1987 hizo 45.84 y en 1988 45.37. Permaneció en el servicio activo de la Fuerza Aérea hasta 1991 y en la reserva hasta 2002. Posteriormente fue piloto comercial. Para Babers el atletismo era su tercera prioridad, tras su familia y su profesión, y actuó en consecuencia.

Por qué ni Coe, ni Ovett se enfrentaron a la mejor versión de su rival en los Juegos de Moscú

Uno de los momentos más emblemáticos de los Juegos Olímpicos fue el doble duelo 800/1500 entre los británicos Sebastian Newbold Coe (Chiswick, Londres, 29 de septiembre de 1956) y Steven Michael James Ovett (Brighton, 9 de octubre de 1955) en 1980. Sobre ello se han escrito innumerables artículos y análisis. Estos días, con motivo de su 40 aniversario, se ha vuelto a recordar aquellas dos carreras mágicas. A raíz de un excelente artículo de Jesús Míguez en el diario As, cuya lectura recomiendo, surgió en Twitter el debate de si cada uno había dado lo mejor de sí mismo en ambas carreras. Creo que, en realidad, ninguno de los dos se enfrentó a la mejor versión de su rival. Aunque ya había hablado tanto de Ovett, como de Coe, en sendas entradas del blog, voy a tratar de explicar por qué ninguno de los dos fue la mejor versión de sí mismo en la carrera que no ganó.

El 26 de julio de 1980 el mundo atlético se había reunido en torno a la TV para ver la primera parte del duelo olímpico estelar entre las dos estrellas británicas de medio fondo, la final de 800 m. El equipo británico había llegado a los Juegos de Moscú en medio de enormes presiones de su Gobierno para no acudir, y secundar el boicot decretado por el Presidente de los Estados Unidos, James Carter (1924), como represalia por la invasión soviética de Afganistán en año anterior. El que sería campeón de 100 m en estos Juegos, el escocés Alan Wells (1952) declaró años después que en esos días recibió de instituciones más o menos oficiales fotografías de niños víctimas de la agresión soviética en el país asiático. Pese a ello, el Reino Unido estaba en Moscú, eso sí, bajo bandera e himnos olímpicos. 20 millones de británicos se aprestaban a ver la carrera definitiva de las dos vueltas. Las dos estrellas británicas habían decidido buscar el doblete en las distancias de medio fondo. En la doble vuelta parecía imposible que la victoria se le escapase a Coe. Era plusmarquista mundial con 1:42.33, registro conseguido el año anterior. El 1 de julio había realizado la plusmarca mundial de los 1000 m, 2:13.40, equivalentes a 1:43.38 en los 800 m. La mejor marca de Ovett era 1:44.09, tiempo con el que consiguió la plata en el Europeo de 1978. Desde entonces se había dedicado menos a esta distancia y más a los 1500 m y a la milla, carreras en las que acumulaba 43 victorias consecutivas.

Pero lo imposible sucedió. Coe realizó probablemente la peor carrera de su vida. El mismo declaró posteriormente Cuando quieran mostrar cómo no hay que correr un 800 vean mi carrera de Moscú y no digan nada. Ovett ganó con una inesperada facilidad. El propio atleta se sorprendió de no encontrarse a su rival cerca, en la última recta. En realidad, no hubo duelo, porque Coe no estuvo a la altura. Su padre y entrenador, Peter (1919-2008), no se anduvo por las ramas Hijo mío, has corrido como un idiota.

¿Por qué perdió Sebastian Coe una final de una prueba en la que parecía tener todo a su favor? El británico había corrido 1.11 s más rápido que el siguiente mejor marquista, el cubano Alberto Juantorena (1950), que entonces no estaba en la forma que lo había llevado a hacer el doblete inédito 400/800 en los anteriores Juegos. Por otro lado, no había perdido un 800 desde la final del Europeo de 1978, en que había sido bronce. Era capaz de correr muy rápido contra el crono, pero también de ganar carreras muy lentas, como la final de la Copa de Europa de 1979, contra rivales de mucha calidad el campeón de Europa, el alemán Olaf Beyer (1957), otro alemán Willi Wuelbeck (1954), 4º en Montreal, o el italiano Carlo Grippo (1955).

Ovett, sobre el papel, tan solo tenía la ventaja de la experiencia en la alta competición. Había sido subcampeón de Europa de 800 m en 1974, con 18 años, y en 1978, 5º en 800 m en la anterior final olímpica, y campeón de Europa de 1500 m. Por su parte, Coe mostraba un palmarés menos lucido, con el oro en pista cubierta en 800 m en 1977 y el mencionado bronce al aire libre en 1978. Pese a esta ligera desventaja, el dominio de Seb en los 800 m era abrumador, pero se bloqueó. Peter Coe había creado para su hijo un entorno muy cerrado en el que el objetivo era ganar. El propio atleta lo reconoció implícitamente cuando en los siguientes Juegos afirmó que ganar ya no era una cuestión de vida o muerte para él. La presión de la prensa y la de su Gobierno, terrible probablemente, acabaron haciendo mella en el ánimo del futuro Lord. Hay que recordar que Coe apoyaba globalmente la política de la Primera Ministra Margaret Thatcher (1925-2013). No le debió resultar fácil oponerse en el tema del boicot olímpico. Todo ello acabó por superarlo y le hizo perder su a priori mejor oportunidad de ser campeón olímpico. Pese a la gran forma de Coe en Moscú, Ovett no se encontró la mejor versión de su rival en los 800 m.

La derrota de Coe dio lugar a feroces críticas en la prensa. El de Chiswick era el favorito de los medios de comunicación, por su trato exquisito, que contrastaba con las irreverencias de su rival, quien directamente no se comunicaba con los periodistas. A estos no les sentó bien que el chico malo se llevase la victoria. Si antes de la final de 800 se pensaba que Coe tenía una gran ventaja en la prueba más corta y Ovett una ligera ventaja en la más larga, tras la derrota de Seb, nadie apostaba por él para la final de 1500 m. Desde su espectacular victoria en la Copa del Mundo de 1977, Steve se había convertido en un formidable millero. El 1 de julio había mejorado, con 3:48.8, la plusmarca mundial de la milla que tenía su gran rival y ambos eran oficialmente coplusmarquistas de 1500 m con 3:32.1, si bien la marca real de Coe, 3:32.03, era ligeramente mejor que la de Ovett, 3:32.09. Este había conseguido este registro el 15 de julio, apenas unos días antes de los Juegos, y podría haber corrido más rápido si no se hubiese dedicado a hacer aspavientos a 50 m de la meta.

Con el dominio del de Brighton en la prueba, la moral muy alta tras su victoria en 800 y la situación anímica de su rival, el camino para el doblete parecía bastante despejado. A Coe le quedaba una sola bala. Se estaba planteando dejar el atletismo si no conseguía ser campeón olímpico. Las dudas se acrecentaron con una mala táctica en su semifinal, en la que se quedó encerrado al comenzar la última curva, si bien acabó acelerando muy fuerte en la última recta. Por su parte, Ovett había tenido que gastar fuerzas innecesariamente para batir al alemán Jürgen Straub (1953), acreditado en 3:33.68 del año anterior, en la primera ronda con un tiempo de 3:36.79.

En la final del 1 de agosto se encontraron un Coe necesitado del triunfo y un Ovett tranquilo y relajado. Los otros 7 atletas no parecía que contasen inicialmente. El boicot había impedido a grandes mediofondistas como el alemán Thomas Wessinhage (1952), el anterior campeón olímpico el neozelandés John Walker (1952), el irlandés subcampeón de Europa Eamonn Coghlan (1953) o el estadounidense Steve Scott (1956) pelear por una plaza en la final y, tal vez, por una medalla. La carrera definitiva comenzó muy lenta, con un pase de 2:05.05 en los 800 m. En ese momento, Straub, que iba en cabeza seguido de Coe, decidió acelerar el ritmo y con un 400 en 54.39 dio paso al 1200 en 2:59.44, con los dos británicos a continuación. El alemán siguió en cabeza hasta el comienzo de la última recta, momento en que los ingleses se le echaron encima. Parecía que ambos se disputarían el oro, pero mientras Coe conseguía despegar a Straub e irse por la victoria, el acelerón de Ovett se diluía. Coe se proclamó campeón olímpico con un semblante que mostraba una meta obsesivamente deseada. Mientras tanto Straub mantenía la segunda posición y Ovett era tercero, con su cambio de ritmo depredador desaparecido.

Coe supo rehacerse de una derrota muy dolorosa y recuperar la motivación necesaria pero ¿se había enfrentado al mejor Ovett? Había subido al Everest una vez, había bajado y se me pedía que volviese a subir. No tenía la misma importancia la segunda vez. No hay que olvidar que los 1500 m eran vida o muerte atlética para Seb. Yo ya era campeón olímpico. La victoria había desmotivado a Ovett y la derrota había dado a Coe un estímulo extra. Ni uno, ni otro se encontraron en su victoria con la mejor versión de su rival.

Tras los Juegos Coe corrió un 1500 en 3:32.19, muy cerca de su plusmarca mundial y cerró la temporada con una inesperada derrota en un 800 ante el estadounidense Don Paige (1956), ganador de las simbólicas pruebas de selección olímpica de su país. Por su parte, Ovett sufrió una derrota, por hacer aspavientos en lugar de correr en la última recta, ante el irlandés John Treacy (1957) en la distancia de 5000 m y, a finales de agosto, superó la plusmarca de los 1500 m con 3:31.36.

El doble enfrentamiento en Moscú no resolvió la cuestión de quién de los dos era el mejor. Ellos decidieron dejarlo en tablas, evitando enfrentamientos directos en 1981, el último año mágico para ambos. A partir de entonces diversos problemas físicos impidieron que volviesen a coincidir en plena forma como en Moscú, donde quedó para la historia un mítico doble enfrentamiento en busca de la gloria.

Bibliografía

Pat Butcher. The perfect distance. Ovett&Coe. Phoenix ebooks. Londres 2004

David Miller. Sebastian Coe. Born to run. Pavillion books limited. Londres 1992.

Ovett. An autobiography. Willow Books. Londres 1984

Harry Wilson. Running dialogue. A coach’s story. Stanley Paul. Londres 1982

Jan Železný, subcampeón y tricampeón olímpico en lanzamiento de jabalina

El 20 de julio de 1984, el alemán del Este Uwe Hohn (1962) rompía con holgura la barrera de los 100 m en lanzamiento de jabalina, al irse a unos sorprendentes 104.80 m. Enseguida saltaron las alarmas. Esta distancia representaba casi el límite de la longitud del centro de los estadios de atletismo. La IAAF (hoy World Athletics) decidió adelantar 10 cm el centro de gravedad de la jabalina, lo que haría que los lanzamientos fuesen más cortos. El nuevo artefacto se introdujo en 1986. La mejor marca de ese año correspondió al alemán del Oeste Klaus Tafelmeier (1958), que se convirtió, con 85.74 m, oficialmente en el primer plusmarquista mundial de la especialidad con la nueva jabalina. El tope universal le duró al alemán menos de un año, pues el 31 de mayo de 1987 un joven checoslovaco llamado Jan Železný lanzaba 87.66 m.

Jan Železný había nacido el 16 de junio de 1966 en Mladá Boreslav, una ciudad de 45 000 habitantes 50 Km al noreste de Praga. Antes de dedicarse al atletismo había practicado hockey sobre hielo y balonvolea. En su etapa de junior (sub20) ya mostraba una gran solidez, con un sexto y un cuarto puestos en los Europeos de la categoría de 1983 y de 1985 respectivamente. En 1986, ya con la nueva jabalina, lanzó 82.48 m, sexta mejor marca de ese año, aunque no pudo pasar a la final del Europeo absoluto al aire libre. Tras su plusmarca mundial de 87.66 m al año siguiente, era uno de los favoritos para hacerse con el título de campeón del mundo ese 1987 en Roma. No ganó, pero su actuación fue buena. Se colocó en cabeza en la segunda ronda con 82.20 m, marca que no mejoró y que le sirvió para ganar el bronce, detrás del finlandés Seppo Räty (1962) y del ucraniano, entonces soviético, Viktor Yevsyukov (1956).

El objetivo para 1988 era el oro olímpico en los Juegos que se disputarían en Seúl. Železný llegó a Corea en una gran forma. Se clasificó brillantemente con un solo lanzamiento de 85.90 m, que le habrían hecho ganar el oro. Su rendimiento en la final fue algo peor. Tras un nulo lanzó 82.32 m, que lo colocaban segundo a 0.46 m del primero, el finlandés Tapio Korjus (1961). En la tercera ronda Seppo Räty se colocó en cabeza con 83.26 m, pero en la cuarta ronda Železný lo superó con 83.46 m. El entonces checoslovaco, que lanzaba en antepenúltima posición, reforzó su liderato en el último intento con 84.12 m. Sin embargo, Korjus, que no había mejorado su primer lanzamiento y había renunciado a dos rondas por calambres, hizo un último intento de 84.28 m, que le dio el oro, pues Räty no lo superó. Tras una reñida competición, Železný se fue con la plata, que probablemente le supo a poco.

El rendimiento de Železný en los cuatro años del siguiente ciclo olímpico fue más bajo de lo esperado. Tuvo problemas de espalda que no dejaron de acompañarlo. No pudo clasificarse para las finales del Europeo de 1990 y del Mundial de 1991. Protagonizó, no obstante, junto con su gran rival, y amigo, el británico Steve Backley (1969) y con Räty una serie de plusmarcas mundiales que acabaron no siéndolo. En marzo de 1990 el sueco Patrick Bodén (1967) había mejorado el tope mundial del checoslovaco con 89.10 m. Unos meses después, el 2 de julio, Backley se iba hasta 89.58 m. El 14 de julio, Železný, utilizando un modelo de jabalina Nemeth, con superficie rugosa, conseguía 89.66 m. Backley, el 20 de julio, recuperaba la plusmarca mundial con 90.98 m, con el mismo modelo de jabalina. Al año siguiente, también con este modelo Nemeth, Räty registraba 91.98 y 96.96 m. La IAAF, temerosa de volver a lanzamientos de más de 100 m, decidió, en agosto de 1991, no homologar este tipo de jabalina, por lo que la plusmarca mundial pasó de nuevo a los 89.58 m de Backley.

Železný parecía completamente recuperado en el año olímpico de 1992. El 4 de julio superaba el tope universal por más de 5 m, 94.74 m, con una nueva jabalina Nemeth. Sin embargo, este nuevo artefacto tampoco fue del agrado de la IAAF, que decidió no homologalo. En los Juegos de Barcelona, el checoslovaco, que representaba por última vez a este país, no dio opción. Hizo un único lanzamiento en la clasificación, 83.96 m, el mejor de todos los participantes. En la final se colocó en cabeza con un primer lanzamiento de 89.66 m, plusmarca olímpica. No mejoró en las siguientes cinco rondas, pero fue suficiente para ganar holgadamente, con más de 3 m de ventaja sobre Räty, plata. El bronce fue para Backley.

Los cuatro años siguientes al oro de Barcelona fueron los mejores del gran lanzador, que desde 1993 representaba a la República Checa, separada de Eslovaquia. El 6 de abril de 1993 conseguía su primera plusmarca mundial homologada, 95.54 m. El 28 de agosto mejoró hasta 95.66 m. Entre medias, se hacía con su primer oro en un Mundial. En el Europeo del año siguiente fue bronce, su mejor actuación en este campeonato, que repetiría en 2006. En 1995 revalidó su título mundial. Las perspectivas para repetir oro olímpico eran excelentes y se acrecentaron el 25 de mayo de 1996, cuando lanzó 98.48 m, plusmarca mundial aún vigente. En la final olímpica de Atlanta, Backley se colocó en cabeza en la primera ronda con 87.44 m, mientras Železný hacía un nulo. En la segunda ronda, el checo se aupó a la primera posición con 88.16 m. Ninguno de los dos mejoró y las posiciones no se movieron. Räty fue bronce con 86.98 m.

Los siguientes cuatro años resultaron complicados para Železný, que sufrió numerosos problemas físicos, especialmente una grave lesión de hombro en 1998. Sin embargo, consiguió recuperarse, y en 1999 pudo ganar el bronce en el Mundial. Con 34 años, esperaba un tercer oro olímpico, algo inédito en su prueba. Acudía a los Juegos de Sydney con una mejor marca del año de 90.59 m. Mostró su excelente forma con un único lanzamiento de 89.39 m en la clasificación. En la final, volvió a mantener un notable duelo con Steve Backley. El checo se puso primero en el primer intento con 89.45, el británico lo superó en la segunda ronda con 89.85 m, nueva plusmarca olímpica, pero el checo mejoró en la tercera ronda con 90.17 m. Ninguno de los dos lanzó más lejos y las posiciones se mantuvieron. El ruso Sergei Makarov (1973) fue bronce.

Con este tercer oro olímpico, más la plata de 1988, Jan Železný igualaba al georgiano, que representaba a la Unión Soviética, Viktor Saneyev (1945), oro en triple salto en 1968, 1972 y 1976 y plata, en una final muy polémica, en 1980, como tercer mejor atleta olímpico en una sola prueba. Por delante, con cuatro oros consecutivos, tan solo están el discóbolo estadounidense Al Oerter (1936-2007), oro en 1956, 1960, 1964 y 1968) y su compatriota saltador de longitud Carl Lewis (1961), oro en 1984, 1988, 1992 y 1996.

Železný continuó rindiendo al más alto nivel una temporada más. En 2001 conseguía su tercer oro en un Mundial. A partir de 2002 sus prestaciones bajaron, si bien aún fue cuarto en el Mundial de 2003, noveno en los Juegos de 2004 y bronce en el Europeo de 2006, con 40 años, el año de su retirada.

Continuó vinculado al atletismo como entrenador de lanzadores de jabalina. También trabaja para el comité olímpico internacional. Es además el director de la Reunión Internacional de Ostrava, incluida en la serie World Athletics Tour.

Hoy, 17 de julio se cumplen cuatro años desde que comencé este blog. Lo hice con muchas dudas, pensando si lo que yo escribiese podría llegar a interesar a alguien y de si sería capaz de encontrar el tiempo y la motivación suficientes para mantenerlo. Hoy, tras 143 entradas y 66 500 visitas esas dudas se han disipado. Gracias a todos los que me leéis.

Andrés Vera, finalista olímpico en LA84

Uno de los recuerdos más nítidos que tengo del verano de 1984 son las mañanas olímpicas. Debido a las 9 horas de diferencia entre California y España, resultaba complicado ver las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en directo, de modo que aquel adolescente que era yo entonces se plantaba delante de la TV por las mañanas, sin tener ni idea de los resultados. Entonces Internet era una curiosidad inventada por el Ejército estadounidense que no había salido de los ámbitos militares. Una de las pruebas que suscitaba mayor interés en los aficionados españoles eran los 1500 m. En aquellos años 80, la rivalidad entre los británicos Steve Ovett (1955) y Sebastian Coe (1956) la habían convertido en la distancia reina del atletismo. En España, otra pugna, la mantenida por el toledano José Luis González (1957) y el cántabro José Manuel Abascal (1958) había llevado a ambos a la élite mundial. En la ciudad californiana se esperaba que estuviesen en la final luchando tal vez por el bronce. El tirón que ambos habían dado al kilómetro y medio en España había arrastrado a otros atletas. Por primera vez había cinco atletas con mínima olímpica. Además de Abascal y González, otros tres mediofondistas habían bajado de 3:39.00, el castellonense Andrés Vera Llorens ( 31 de diciembre de 1960), 3:37.53, el barcelonés Jaime López Egea (1956), 3:37.54, y el madrileño José Luis Carreira (1962), 3:38.79. Finalmente, la Federación se decidió por Vera, para el presunto papel de español convidado de piedra en el 1500.

Vera estaba indiscutiblemente en buena forma, pero su experiencia internacional era escasa. Había participado en el Europeo al aire libre dos años antes en 800 m, y había sido 4º en la Universiada en 1500 m el año anterior. El estado de Abascal y de González arrojaba algunas dudas. El cántabro no decidió su participación hasta que un tiempo de 5:01.1 en 2000 m poco antes de viajar a Los Ángeles lo convenció de que estaba en condiciones, mientras el toledano había tenido algunos problemas físicos. En cualquier caso, no se esperaban incidencias en la primera ronda, que tendía lugar el 9 de agosto. Sin embargo, ocurrió la gran sorpresa. En la primera serie, un desconocido y bloqueado González se despedía de los Juegos, con unos pobres 3:47.01, a más de 8 segundos de la cabeza. Vera, haciendo gala de un potente final, entró 3º en la 2ª serie, con 3:45.44. Y Abascal se impuso en la 5ª serie con el mejor tiempo global de 3:37.68.

La eliminación de González supuso un enorme jarro de agua fría para la delegación española. Se perdía una de las opciones más claras de medalla. En el lado positivo, Abascal había demostrado muy buena forma y Vera se había desenvuelto como un veterano, aunque la final estaba cara. Las semifinales tuvieron lugar al día siguiente, 10 de agosto. El cántabro confirmó su excelente puesta a punto, ganando la primera semifinal, con unos excelentes 3:35.70, su mejor marca del año.

Era el turno de Andrés Vera. El castellonense lo tenía francamente difícil. En su serie estaban el campeón mundial, el británico Steve Cram (1960) y el plusmarquista mundial, Steve Ovett. Pasaban a la final los 4 primeros y 4 tiempos. Había que correr en menos de 3:38.12 para entrar por tiempos. Pero Andrés hizo la mejor carrera de su vida en el mejor momento. Un enorme sentido táctico y poderosísimo final lo colocaron en la final por puestos. Desde el inicio se vio que en esta segunda semifinal también se quería correr rápido, con una primera vuelta en 55.96 y el español bien colocado en 6ª posición. Se ralentizó el ritmo al paso por los 800 m, 1:57.88, con Vera algo encerrado en la 8ª posición. El italiano Stefano Mei (1963) tomó la cabeza en la mitad de la recta principal y dio paso al 1200 en 2:55.86. A falta de 200 m Cram se colocó líder y dio su tirón final. Vera era 7º a falta de 200 m y 6ª al iniciarse la recta final, momento en que sacó a relucir su fuerte final y a escalar hasta la 3ª posición. El castellonense, con un último 400 en 53.8, hacía su mejor marca personal, 3:36.55, a 0.25 del ganador, Cram, y delante de Ovett, con el mismo tiempo. Recuerdo perfectamente cómo me había levantado del sillón diciendo se clasifica, se classifica y dando un salto de alegría cuando se confirmó que Vera estaría en la final.

Así que en la carrera definitiva sí habría dos españoles, pero no los dos que se pensaba. Andrés Vera no acababa de creerse que estaba entre los 12 mejores. Poco antes de que la prueba se iniciase dijo a Abascal Menos mal que estás tú aquí, si no me muero de miedo. Pero supo controlar perfectamente ese miedo En una de las finales míticas de la historia del 1500, Abascal puso muy caras las medallas con un gran acelerón a falta de 600 m. Se vio superado por Coe y por Cram en la última curva, pero pudo mantener el bronce, mientras los dos británicos copaban el oro y la plata. El castellonense hizo una carrera muy inteligente, siempre entre el 9º y el 10º puesto, con una última vuelta en 55,9, que le permitió llegar 7º, con 3:37.02, convirtiéndose en el 17º finalista olímpico español y el 2º en la prueba de los 1500 m.

Vera había sido campeón de España de 800 m en 1983. En 1984 un tropezón le impidió pelear por el oro del Nacional de 1500 m, que parecía para él. Apenas pudo competir en la temporada posolímpica por diversas lesiones. En 1986 realizó 3:35.86, su mejor marca de siempre, pero Abascal, González y Carreira le cerraron el pasoa l Europeo al aire libre de ese año. En 1987 fue 6º en el Europeo en sala, se proclamó campeón de España de 1500 m al aire libre y acudió al Mundial de Roma. En 1988 fue 8º en el Europeo en bajo techo, pero las lesiones acabaron apartándolo de la alta competición. Licenciado en Administración de Empresas y MBA del Instituto de Empresas, en la actualidad dirige la filial española de United Heroes, una empresa que promociona la actividad física reglada entre los empleados de corporaciones medianas y grandes, con el objetivo de mejorar el rendimiento laboral. Desde 2019 es también el director de relaciones institucionales del club de su ciudad natal Playas de Castellón.

Para la historia queda su actuación superlativa en aquella segunda semifinal de 1500 de LA84, que hizo dar un brinco a aquel jovencito tan entusiasmado como hoy por el atletismo.

Manolo Martínez, un lanzador español en la élite mundial

El 5 de marzo de 2013 fue un día histórico para el atletismo español. El lanzador de peso leonés Manolo Martínez se hacía oficialmente con la medalla de bronce olímpica de lanzamiento de peso de 2004. Todo había comenzado en Olimpia, casi nueve años antes. El 18 de agosto de 2004 a las 18:00 comenzaba la final de lanzamiento de peso de los Juegos Olímpicos de Atenas. Por razones históricas se había elegido como sede para esta modalidad el yacimiento arqueológico del antiguo estadio de Olimpia, donde se celebraban los Juegos de la Antigüedad

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Yacimiento arqueológico del antiguo estadio de Olimpia (By Dwaipayanc – Own work, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2437438)

Manolo Martínez se había clasificado esa mañana para la final, con 20.37 m, el séptimo mejor registro de los participantes. La competición comenzó bien para él. Tras la primera ronda era tercero con 20.70 m, por detrás del estadounidense Adam Nelson (1975), 21.16 m, y del ucraniano Yuriy Bilonoh (1974), 21.15 m. Se mantuvo en posición de bronce, sin mejorar su primer lanzamiento, hasta la tercera ronda, en que el danés Joachim Olsen (1977), que se fue a 21.07 m. Martínez mejoró a 20.78 m en el cuarto lanzamiento y a 20.84 en el quinto. Su sexto lanzamiento fue nulo. El leonés acabó en la cuarta posición. Nelson, que no volvió a realizar un lanzamiento válido, perdió la primera posición en la ronda final, cuando Bilonoh igualó sus 21.16 m y se quedó en cabeza por su segundo mejor lanzamiento. Olsen fue tercero. Pero el final aún no estaba escrito. El 5 de diciembre de 2012, la World Athletics anunció que un nuevo análisis de las muestras de Bilonoh de Atenas había mostrado restos de oxandrolona, un esteroide anabolizante. Su posterior descalificación hizo que Manolo Martínez se convirtiese en medallista olímpico de bronce.

Manuel Martínez Gutiérrez nació el 7 de diciembre de 1974. Cuando era un estudiante de Bachillerato su camino se cruzó con el de Carlos Burón, uno de los mayores estudiosos de los lanzamientos en España. Esta asociación resultó de lo más fructífera. El primer éxito internacional llegó pronto. En 1992, Martínez se proclamaba, con 18.14 m, subcampeón mundial junior (sub20). Entonces en esta categoría se lanzaba con el artefacto de 7.256 Kg.

Al leonés aún le quedaba un año más en la categoría junior, pero su inmensa calidad lo convirtió ya en 1993 en el mejor español de siempre en categoría absoluta. Ese año consiguió las cinco primeras de las 22 plusmarcas españolas absolutas, incluyendo registros en sala, que superó durante su carrera. El tope nacional pertenecía al zamorano Martín Vara (1956), 18.40 m en 1980. Martínez hizo 18.67 m el 10 de abril de ese año. El 24 de julio, con 19.17 m, rompía por primera vez la barrera de los 19 m. Ese año acabó lanzando 19.53 m. Superó los 20 metros el 28 de mayo de 1994, 20.16 m, y los 21 el 13 de mayo de 2001, 21.04 m. Su mejor lanzamiento, vigente plusmarca española, es de 21.47 m, conseguido en Salamanca el 10 de julio de 2002. También ese año 1993 fue campeón de España absoluto por primera vez, tanto en sala como al aire libre. En total consiguió 32 oros en los nacionales absolutos, bajo techo consecutivamente de 1993 a 2008, y al aire libre de 1993 a 2009, con la excepción de 1999. En ese 1993 su campeonato era el Europeo sub20, y no decepcionó. Se proclamó campeón. También tomó parte en su primer mundial al aire libre.

Aparte de la medalla olímpica de 2004, Manuel Martínez fue otras cuatro veces finalista en grandes campeonatos al aire libre: 6º en los Juegos Olímpicos de 2000, 4º en el Mundial de 2001, 7º en el Europeo de 1998 y 5º en el de 2002.

Pero donde realmente el leonés tuvo un rendimiento competitivo excepcional fue en la pista cubierta, modalidad en la que se hizo con los máximos entorchados mundial y continental. El Mundial en sala se le dio bien desde el principio. Fue 4º en 1995, 5º en 1997 y otra vez 5º en 1999. En 2001 ganó su primera medalla en esta competición, de bronce. Martínez se situó 3º con 20.10 m en la segunda ronda. Cuando iba a lanzar por 6ª vez se encontraba 5º. Un lanzamiento de 20.67 m lo devolvió al podio, detrás de los estadounidenses John Godina (1972) y Adam Nelson. Con Godina mantuvo un cerradísimo duelo por el oro en el Mundial de 2003. Martínez se colocó en cabeza en la segunda ronda con 21.14 m, pero en la tercera, el estadounidense, que había hecho dos nulos, se fue a 21.23 m. El español, que llevaba una serie magnífica de 20.73, 21.14, 21.07, 21.01 y 20.70, llegaba a la última ronda en segunda posición. Un tiro de 21.24 m y una insuficiente respuesta de Godina de 20.66 m dieron a Martínez la victoria más importante de su carrera deportiva. Aún fue otras dos veces finalista, 5º en 2004 y 6º en 2006.

En el Europeo en sala, su rendimiento fue también excelente, con tres medallas, una de cada color, y otros cuatro puestos de finalista. Esta fue su trayectoria: 4º en 1994, 7º en 1996, 6º en 1998, plata en 2000, oro en 2002, bronce en 2005 y 6º en 2009. En Gante, en 2000, consiguió su primera medalla continental. Un tiro de 20.38 m en la 4ª ronda le permitió terminar segundo, detrás del finlandés Timo Aaltonen (1969). Dos años después, en Viena, realizó un concurso impecable. Se colocó líder en la primera ronda con 20.68 m y ya no se movió de esa posición. Mejoró a 20.95 m en la cuarta ronda y a 21.26 m, su mejor marca de siempre bajo techo, en la quinta. El danés Joachin Olsen se le acercó en la sexta ronda con 21.23 m, pero solo le sirvió para ser segundo. Este se proclamó campeón de la siguiente edición, en 2005 en Madrid, mientras el leonés conseguía el bronce.

Martínez continuó activo hasta que en 2011 anunció su retirada. Ese día, Carlos Burón resumió lo que Manolo Martínez había supuesto para el atletismo español Con Manolo se va una persona buena y honesta que llegó a ser campeón, pero también un reclamo muy grande. Hace años, los de los lanzamientos éramos los malos, los humildes, la familia pobre del atletismo español, los que hacíamos que perdiéramos puntos. Había miedo. Faltaba información. Se veía como si fuera cosa de otros países… y llegó Manolo y demostró esa frase que ahora es tan célebre. El Yes we can. Fue la señal de que podíamos y consiguió cosas impensables. Y tan impensables como que un lanzador español fuese campeón del mundo.

Siendo un hombre con inquietudes, Manolo Martínez ha hecho escultura y también ha sido actor. En la probablemente infravalorada El Capitán Trueno y el Santo Grial, sobre el mítico personaje de Víctor Mora (1931-2016), Manolo se puso en la piel de Goliath, el tragaldabas compañero de fatigas del Capitán.

Un grande, sin duda, del atletismo español, el hombre que puso en el mapa internacional el lanzamiento de peso español. Tras su retirada, la especialidad ha quedado en manos del gigante, 2.04 m, malagueño Borja Vivas (1984), 21.07 m, subcampeón de Europa al aire libre en 2014, y del cántabro Carlos Tobalina (1985), 20.57 m.

Esta es una entrevista reciente a Manolo Martínez en Radio Nacional de España.

https://www.rtve.es/alacarta/audios/mitos-del-deporte/mitos-del-deporte-manolo-martinez-27-01-20/5493543/

Bobby Morrow, el velocista blanco del triplete olímpico

Ayer nos dejaba el velocista estadounidense Bobby Morrow. Morrow se hizo con el triplete olímpico en 1956, al ganar el oro en los 100, los 200 m y el relevo 4 x 100 m. Solamente otros tres atletas han conseguido semejante hazaña, los dos primeros con el añadido del oro en el salto de longitud, los estadounidenses Jesse Owens (1913-1980) en 1936 y Carl Lewis (1961) en 1984, y el jamaicano Usain Bolt (1986) en 2012 y 2016. Morrow fue también el último velocista estadounidense blanco en poseer la plusmarca mundial de 100 m y en ganar el oro olímpico.

Robert Joseph Bobby Joe Morrow nació el 15 de octubre de 1935 en la localidad texana de Harlinger y se crio en una granja cerca de la vecina San Benito, en el lado estadounidense del río Grande. Tras iniciarse en el fútbol americano, comenzó a practicar velocidad en el Instituto de San Benito y, a continuación, en la Universidad Cristiana de Abilene, en el propio estado de Texas. En 1955 sorprendió en una competición en Abilene con tiempos de 9.1 en 100 y 20.6 en 220 yardas, ambos con viento a favor. En las semifinales había corrido en 9.4. Las plusmarcas mundiales eran de 9.3 y 20.6. Ese mismo año fue campeón de la AAU (Amateur Athletics Union) en la distancia más corta.

El año olímpico de 1956 fue el gran año de Morrow, que contaba entonces coon 20 años. Igualó en tres ocasiones la plusmarca mundial de 100 m de 10.2. En los campeonatos universitarios de Estados Unidos (NCAA), obtuvo el doblete en los 100 y en los 200 m, con 10.4 y 20.6 respectivamente. En esta segunda prueba se lesionó uno de sus principales rivales, Dave Sime (1936-2016), que había corrido en 9.3 y 20.0 las 100 yardas y las 220 en línea recta. Sime no se pudo recuperar para las pruebas de selección olímpica. Cuatro años más tarde fue plata olímpica en 100 m en Roma. Morrow volvió a ganar los 100 y los 200 metros en las pruebas de selección con 10.3 (con un 10.28 dudoso automático) y 20.6. Acudiría a Melbourne con el objetivo de repetir los tres oros en velocidad de Jesse Owens.

Los Juegos tendrían lugar a finales de noviembre. Unos días antes una inoportuna infección intestinal estuvo a punto de terminar con el sueño olímpico de Morrow. Afortunadamente pudo recuperarse y el 23 de noviembre estaba en la línea de salida de su serie de los 100 m, que ganó con 10.4 (10.90 cronometraje automático no oficial). También se impuso en su serie de cuartos de final con 10.3 (10.55) y en su semifinal, al día siguiente, con 10.3 (10.52). En la final del 24 de noviembre Morrow, en gran forma, seguramente pensaba, además de en el oro olímpico, en la plusmarca mundial que tenía desde agosto su compatriota Ira Murchison (1933-1994), uno de sus rivales en la final, con 10.1. El tercer estadounidense, Thane Baker (1931), acreditado en 10.2, tampoco se lo pondría fácil al velocista de San Benito. El cuarto en discordia era el atleta local Hec Hogan (1931-1960), que también había corrido en 10.2. Un viento en contra de 2.5 m/s arruinó la posibilidad de una gran marca. Morrow se hizo con su primer oro con un tiempo de 10.5 (10.62), por delante de Baker, 10.5 (10.77), Hogan, 10.6 (10.77) y Murchison, 10.6 (10.79).

Los 200 m se iniciaron el 26 de noviembre. Se celebrarían 4 rondas. Morrow ganó su serie de la primera ronda con 21.8 (21.95). Se impuso también en su serie de cuartos de final, 21.9 (22.03), y fue segundo en la primera semifinal, 21.3 (21.43), tras Baker. En la final del 27 de noviembre, sus máximos rivales eran el anterior campeón olímpico, el también estadounidense Andy Stanfield (1927-1985), y Baker. Ambos eran coplusmarquistas mundiales con 20.6. Morrow los había derrotado en las pruebas de selección precisamente con 20.6, pero su marca no se homologó como plusmarca mundial, al no poder acreditarse el viento. No perdonó en la final olímpica y los volvió a batir, otra vez con 20.6 (20.75), con viento legal, de modo que igualaba la plusmarca mundial. Stanfield fue plata, 20.7 (20.97), y Thane bronce, 20.9 (21.03).

El último reto de Morrow eran los relevos 4 x 100 m, que tuvieron lugar entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre, con tres rondas. Estados Unidos utilizó el mismo cuarteto y en el mismo orden con Baker, Leamon King (1936-2001), Morrow y Murchison. Se hicieron con el oro en la final, con una nueva plusmarca mundial de 39.5, superando a la Unión Soviética y al Equipo Unificado de Alemania.

Morrow volvió a los Estados Unidos convertido en una celebridad. Fue portada de las revistas Life, Sport y Sports Illustrated. Esta última le concedió el galardón de mejor deportista del año. En la primavera de 1959, tras igualar su marca de 10.2 en 100 m y tras haber sido el año anterior campeón de la AAU de 220 yardas, decidió retirarse, pero volvió al año siguiente para intentar ser de nuevo olímpico. Enseguida se puso en forma corriendo en 10.2, pero se lesionó y no pudo acudir a las pruebas de selección olímpica. Con 24 años se retiró definitivamente. Se trasladó a Houston y se dedicó a los negocios, pero acabó volviendo a San Benito. Fue muy crítico con la hipocresía del atletismo formalmente amateur, en que los beneficios que se generaban no iban a parar a los atletas. Falleció en su casa de San Benito el 30 de mayo de 2020

Mariano Haro, uno de los más grandes, en su 80 cumpleaños

Mariano Haro Cisneros, nacido en Valladolid el 27 de mayo de 1940, cumple hoy 80 años. Su actuación en la final de los 10 000 m de Múnich, sus peleas por la victoria primero en el Cross de las Naciones y después en el Mundial de Campo a través y su forma de correr valiente, tratando de dejar atrás a sus rivales, permanecen en la retina de muchos aficionados, aunque hayan transcurrido más de 4 décadas. En España, Haro se convirtió en un icono que trascendió, con mucho, al atletismo y al deporte en general. Los niños querían ser como Mariano Haro y fue fuente de inspiración de generaciones de atletas.

Cuanto Mariano aún no había cumplido un año, su familia se trasladó a la localidad palentina, entonces de 2500 habitantes, de Becerril de Campos, donde su padre había encontrado trabajo en una fábrica de tinas de cemento para vino. Mariano se crio corriendo por los campos de su pueblo, tratando de emular a su padre, que había sido corredor de campo a través. Comenzó a trabajar como albañil a los 13 años, a 15 kilómetros de Becerril. Alternaba la carrera y la bicicleta como medios de transporte. En marzo de 1959, el delegado sindical (solamente existía entonces el Sindicato Vertical) invitó a los mozos del pueblo a participar en una carrera. Mariano, que no quería quedar mal con el delegado, accedió a participar con la idea de retirarse. Lo motivaba que pagaban la comida. Una vez en la carrera se vio delante, por lo que decidió seguir y acabó ganando.

Tras su inesperada victoria, a punto de cumplir los 19, Haro decidió probar en el atletismo y comenzó una fructífera relación con Gerardo Cisneros (1933), el entrenador palentino de fondistas. Los éxitos no se hicieron esperar, sobre todo en el campo a través. En 1960, con menos de un año entrenando, Haro se proclamaba subcampeón de España junior (entonces sub22). Al año siguiente consiguió subir un peldaño en el podio, haciéndose con el oro en la categoría. Ese año de 1961 se estrenaba la categoría junior en el Cross de las Naciones, un mundial oficioso organizado por la Unión Internacional de Campo a través de 1898 a 1972. (A partir de 1973, la IAAF, hoy World Athletics, heredó la competición y la transformó en campeonato mundial). Haro tuvo una excelente actuación al alcanzar el tercer peldaño del podio. Ese año, en pista, conseguía bajar de 15 minutos en los 5000 m, al correr en 14:50.8.

El paso a categoría absoluta en 1962 tuvo para Haro un sabor agridulce, pues se proclamó campeón de España de campo a través, pero abandonó por problemas físicos en el Cross de las Naciones. Su victoria en el Nacional fue la primera de las 11 ocasiones en que se hizo con la victoria en este campeonato. Las 10 siguientes fueron en 1963, 1968, 1969, 1971, 1972, 1973, 1974, 1975, 1976 y 1977. En el Cross de las Naciones pudo desquitarse del abandono el año anterior en 1963, cuando se hizo con la medalla de bronce. Era la mejor actuación española tras el segundo puesto del albaceteño Antonio Amorós (1927-2004), primer español finalista en un campeonato de Europa, 8º en 10 000 m en 1958 con 29:31.0, plusmarca nacional y primer sub30 de la historia.

Haro no conseguiría mejorar la actuación de 1963 en el Cross de las Naciones hasta 1972. En 1964, otro español, el alcarreño Francisco Aritmendi (1938-2020) se proclamaba vencedor de esta prueba, Sin embargo, Haro consiguió varias veces entrar entre los 15 primeros: 11 en 1964, 6º en 1968, 10º en 1969, 8º en 1971. En la pista, su progresión fue más lenta. En 1962, había resultado seleccionado para los 5000 m del campeonato de Europa de Belgrado. Sin embargo, estando en el servicio militar, no obtuvo a tiempo el correspondiente permiso y cuando llegó a Yugoslavia, ya se habían celebrado las semifinales de su prueba. El delegado, Pablo Hernández Coronado (1897-1997), que era directivo del Real Madrid, dijo que tenía mucha influencia y que conseguiría que Haro entrase directamente en la final. No fue posible, lógicamente. Lo único que le pudieron ofrecer fue participar en otra distancia que quedase por celebrar, pero solo quedaba el 4 x 400.

Dos años después, en el año olímpico de 1964, Haro aún estaba a cierta distancia de los dos plusmarquistas españoles de 5000 m, Aritmendi, 13:53.4, y de 10 000 m, el jienense, guipuzcoano de adopción, Fernando Aguilar (1938-2013), 28:59.0. Las mínimas olímpicas eran 14:02.0 y 29:25.0 y Haro acreditaba entonces 14:08.0 y 29:59.8. Aún se encontraba lejos de los registros de los mejores. Con 24 años su futuro en la pista era algo incierto.

En 1966 corría en 13:53.8 y 29:29.0. Acudió al campeonato de Europa, pero no pudo acceder a la final de los 5000 m. Para los Juegos de México, la Federación Española exigió unas mínimas bastante duras, de 13:40.0 y de 28:50.0. Viéndolo muy complicado, Haro siguió el consejo del plusmarquista español de los 5000 y los 3000 m obstáculos, el vigués Javier Álvarez Salgado (1943) de que intentase ser olímpico en obstáculos, distancia en la que se pedían 8:38.0 para ir a los Juegos. El 10 de agosto, en Riazor, en un control local, Salgado hacía 8:37.6, plusmarca española, y Haro 8:39.8. A la Federación también le valían dos tiempos por debajo de 8:42.0, así que el palentino tendría que repetir. Una semana después, en el mismo escenario, Salgado superaba su plusmarca española, 8:36.4, y Haro se iba a 8:37.2. Ambos serían olímpicos.

En los grandiosos Juegos de la Ciudad de México, las pruebas largas se vieron muy perjudicadas por la altitud de 2240 m. Salgado tuvo, no obstante, una buena actuación, al ocupar la 10ª posición en la final. Haro fue 5º en su semifinal, pero decidieron descalificarlo por apoyar la mano en el obstáculo (?). No habría pasado a la final, de todos modos. De este modo sus primeros Juegos resultaron decepcionantes, pero aún quedaba mucho bueno.

El salto de calidad de Haro en la pista comenzó en 1969. El 12 de agosto en La Coruña conseguía su primera plusmarca española, 28:58.8, superando nada menos que al campeón olímpico, el keniano Naftali Temu (1945-2003). En 1970 mejoró hasta 28:34.2, en el estadio Bislett, en un cerradísimo duelo con el estadounidense Frank Shorter (1947), que aguantó todos los tirones del español y lo acabó batiendo con 28:32.8. El público agradeció la entrega de Haro, coreando su nombre al terminar la carrera. Sexto fue el plusmarquista mundial, el australiano Ron Clarke (1937-2015), con 29:00.4, que ese día cerraba su brillante carrera deportiva. Unos días antes, Haro había obtenido una resonante victoria en el 10 000 de la semifinal de la Copa de Europa, en Zúrich, que también mereció que el público corease su nombre.

En 1971, por fin, Mariano Haro entraba en la élite mundial. La gran cita del año eran los 10 000 m del campeonato de Europa, una final directa con 35 atletas. El británico David Bedford (1949), plusmarquista europeo con 27:47.0, se encargó de imponer un ritmo durísimo, con un parcial de 13:54.4. Se mantuvo en cabeza hasta la última vuelta. A falta de 300 m, el finlandés Juha Väätäinen (1941) salió como un obús y se fue irresistible hacia la meta. Se colgó el oro con 27:52.78, tercera mejor marca de siempre, mientras Haro era 5º con unos excelentes 27:59.34.

La mejoría de Haro en dos años había sido de 1 minuto, lo que había permitido al español codearse con los mejores. La siguiente cita era la más importante, los Juegos Olímpicos de 1972. El año comenzó muy bien para el español. En la última edición del Cross de las Naciones, conseguía la medalla de plata, tras el belga Gaston Roelants (1937). Al aire libre, su primer éxito fue superar la plusmarca española de 5000 m, que tenía Salgado. Haro se había prestado poca atención a esta distancia. Su mejor marca hasta el año anterior era de 13:47.2. El 29 de junio en Helsinki, mejoraba hasta 13:38.8. El 14 de julio en Crystal Palace, en el campeonato de la AAA, estaba dispuesto a atacar los 13:28.4 de Salgado. En una carrera muy rápida, ganada por Bedford con 13:17.21, el palentino fue 4º con 13:26.03.

En el 10 000 de los Juegos de Múnich se celebraban por primera vez semifinales, que tuvieron lugar el 31 de agosto. Haro fue segundo en la segunda semifinal, con una nueva plusmarca española de 27:55.89, por detrás del veterano tunecino Mohamed Gammoudi (1938), 27:54.69, su mejor marca. La final, el 3 de septiembre, fue una carrera espectacular. Nuevamente Bedford salió como una bala Cuando iban 4500 metros el finlandés Lasse Viren (1949) tropezó y se fue al suelo, arrastrando en su caída a Gammoudi. El tunecino se quedó fuera de la carrera, pero Virén se recuperó y alcanzó el grupo, que seguía encabezado por Bedford, en menos de 200 metros. El británico seguía delante al pasar el 5º Km, 13:44,0 y continuó liderando la prueba hasta poco después de pasar el 6º Km. En ese momento en Viren se colocó en cabeza por primera vez. El ritmo se había ralentizado notablemente. A falta de 2 Km Viren seguía en primera posición de un grupo de 5 en el que además estaban Haro, el etíope Miruts Yifter (1944), el belga Emiel Puttemans (1947) y el estadounidense Frank Shorter (1947). A poco más de 2 vueltas del final, Haro, se colocó primero, pero aguantó poco más de 200 metros. A falta de 600 metros se vio sobrepasado por Viren, Puttemans y Yifter. El finlandés aceleró progresivamente y ya no se modificaron las posiciones. Entró vencedor, con una nueva plusmarca mundial de 27:38,35. Haro se quedó a un peldaño del podio. Fue 4º con 27:48.14, 6ª mejor marca mundial de siempre en ese momento.

Haro corrió también la 4ª serie semifinal de 5000 m. Fue 3º con 13:35.44, pero no corrió la final. Su actuación en Múnich sigue siendo la mejor de un fondista español. En 1996, en el maratón olímpico de Atlanta, el vitoriano Martín Fiz (1963) igualó a Haro con su 4º puesto

Haro ya no volvería a mejorar sus registros en las pruebas oficiales de fondo en pista. Sin embargo aún le esperaban años muy buenos. En 1973 el Cross de las Naciones dio paso al Mundial de Campo a través. Haro, que había sido segundo el año anterior en la primera competición, repitió plata en el primer Mundial, en el mismo segundo que el ganador, el finlandés Pekka Paivarinta (1949). El palentino siguió peleando por el cetro mundial de campo a través, pero volvió a quedarse a las puertas. En 1974 se quedó a 0.8 del belga Eric de Beck (1951) y en 1975 llegó 1.0 segundo detrás del escocés Ian Stewart (1949).

En pista, Haro fue 8º en el 10 000 del Europeo de 1974. En 1976 volvió a los Juegos Olímpicos. Se clasificó para la final con 28:11.66, 3º en la primera semifinal. En la final, donde Virén renovó su oro de 1972, el español fue 6º con 28:00.28, su mejor tiempo desde 1972.

Haro siguió compitiendo hasta 1979. En 1978 aún fue 3º en el campeonato de España de campo a través. En el ámbito nacional fue 11 veces campeón nacional en pista: 5 en 5000 m (1962, 1964, 1965, 1969, 1970), 9 en 10 000 m (1962, 1964, 1965, 1969, 1970, 1971, 1973, 1974, 1975) y 1 en obstáculos (1967). Fue además campeón de gran fondo en 1975.

Tras retirarse fue alcalde de Becerril de Campos desde 1979 a 2003.

Don Mariano, que tenga Vd un muy feliz cumpleaños. Ha hecho Vd muy felices a muchos aficionados al atletismo y ha sido la referencia de numerosísimos atletas. Que cumpla Vd muchos más.

Agradezco a Jorge González Amo la información que me proporcionó sobre en protagonista de esta entrada, en una larga y agradable conversación telefónica en la que además repasamos los grandes atletas de los 60. También agradezco a Gerardo Cebrián algún detalle más que se me había quedado en el tintero, en una conversación telefónica que tuvimos por otra razón.

Paco Grande ha hecho un excelente programa de Conexión Vintage dedicado a Mariano Haro

https://www.rtve.es/alacarta/videos/conexion-vintage/conexion-vintage-pioneros-del-deporte-espanol-mariano-haro-joaquin-blume/1910950/

¿Y si la final olímpica de 1500 en 1968 hubiese sido al nivel del mar?

La mañana de ayer, mi amigo Juan Botella me lanzó un reto a propósito de un tuit del doble medallista olímpico de 1500 m Nick Willis (1983).

Prometí hacer un hilo, pero después pensé que el tema daba para una entrada de este blog, que, por cierto, acaba de superar las 60 000 vistas (muchas gracias a todos). Creí que me llevaría menos tiempo. De hecho, había asegurado a Juan que lo terminaría el día de ayer. En cualquier caso, después de haber escrito si el mejor Coe habría podido ganar al mejor Cruz en 1984 y de la marca que podría haber hecho Seb Coe en 1500 en el año mágico de 1981, esta será la tercera entrada de atletismo-ficción.

Dediqué una entrada muy amplia a la final olímpica de 1500 de México, centrándome en la trayectoria de sus dos protagonistas, Kip Keino (1940) y Jim Ryun (1947), que aparecen en esta reciente fotografía con Juan Botella.

Keino, Juan, Ryun
Kip Keino, Juan Botella y Jim Ryun

Aunque la mejor prueba de ambos atletas era el 1500 (o la milla), su aproximación a la distancia era justamente opuesta. El estadounidense era un mediofondista puro, poseedor de las plumarcas mundiales de las 880 yardas, 1:44.9 (equivalente a 1:44.2 en 800 m, más rápido que el tope mundial de 1:44.3), los 1500 m, 3:33.1, y la milla, 3:51.1. Keino, por su parte, hacía compatibles los 1500 m con distancias más largas. Había sido plusmarquista mundial de los 5000, 13:24.2 en 1965, distancia en la que había ocupado la 5ª plaza en la final olímpica de 1964. Además era entonces el vigente poseedor del primado universal de los 3000 m, 7:39.6. En 10 000 m había realizado el excelente registro de 28:06.4. Acreditaba 3:36.7 en los 1500 m, al paso de una milla, y 3:53.1 en la milla a 1131 metros de altitud. Evidentemente su valía real en ambas pruebas era mejor y se desenvolvía muy bien en altitud.

El año anterior de 1967, Keino había resultado derrotado de forma contundente en el 1500 de un encuentro entre Estados Unidos y la Commonwealth  en Los Ángeles, en una pista de tierra. Sabedor de que el estadounidense tenía un final rapidísimo, tras un pase de 1:00.9 la primera vuelta, el keniano imprimió un ritmo durísimo, con pases de 1:56.0 y 2:53.5, momento en que Ryun tomó la cabeza y acabó en unos extraordinarios 3:33.1. Keino, desfondado, solo pudo hacer 3:37.6.

Poco después en Londres, el keniano volvió a resultar derrotado en una milla no demasiado rápida. Ryun era capaz de mantener ritmos muy intensos y acabar más fuerte que sus rivales. Parecía el claro favorito para el oro olímpico, pero la Ciudad de México estaba a 2250 m y Keino ya había mostrado que podía correr mucho en lugares muy altos. En aquel momento se desconocía el efecto de la altitud sobre el rendimiento atlético. Hoy sabemos que la menor resistencia al aire y la disminución de la aceleración de la gravedad favorecen las pruebas explosivas y, por el contrario, la menos presión parcial de oxígeno dificulta las pruebas de largo alcance. Probablemente en los 800 m ambos factores se compensan, mientras que en distancias superiores el efecto negativo es dominante.

En las pruebas de selección olímpica de su país, Ryun intentó clasificarse para los 800 y los 1500 m, pero algo disminuido físicamente por una reciente mononucleosis infecciosa, solo consiguió la clasificación para la prueba más larga. Keino llegó a México con el objetivo de mejorar a Paavo Nurmi (1897-1970), capaz de ganar el oro olímpico en 1500, 5000 y 10 000, si bien en Juegos diferentes, y se inscribió en estas tres distancias. La primera en disputarse fueron los 10 000 m. Tuvo que abandonar a falta de 3 vueltas, aquejado de fuertes dolores abdominales. Le diagnosticaron una colecistitis y le recomendaron no correr. No siguió el consejo médico, y tras ganar la medalla de plata en 5000 m, alcanzó la final de 1500 m, tras haberse clasificado fácilmente. Esta fue su trayectoria previa:

Final de 10 000 m abandonó a falta de 3 vueltas
Semifinal de 5000 m 1º 14:20.4
Final de 5000 m 2º 14:05.2
Serie de 1500 m 1º 3:46.96
Semifinal de 1500 m 2º 3:51.50 (detrás de Ryun)

El estadounidense, por su parte, estaba mucho más descansado. Había ganado su serie en 3:45.80 y su semifinal en 3:51.25. No perdía una carrera de 1500 m o de la milla desde 1965 y era el plusmarquista mundial en ambas distancias. Ryun calculaba que se ganaría con 3:39. La realidad fue muy distinta pues él mismo hizo 3:37,89 y no ganó. Esta marca era muy buena. Además de Keino y el propio Ryun, en aquel momento solamente ocho hombres más habían corrido más rápido.

Tras sus derrotas previas, Keino sabía que para ganar necesitaba una carrera muy rápida. De modo que, ayudado por su compatriota Ben Jipcho (1943), pasó el 400 en 56,6 y el 800, ya en solitario, en 1:55,3, con Ryun algo más 3 segundos por detrás en sexta posición. Es probable que el estadounidense pensase que Keino se desfondaría. Pero no sucedió así, pues el keniano dio paso al 1200 en 2:53,4. Ryun recuperó terreno mínimamente con 2:56,0, aún en cuarta posición, pero incluso en el último 300 fue más rápido el keniano, que se proclamó brillantemente campeón olímpico con 3:34,91, su mejor marca personal, casi 3 segundos por delante de Ryun, 3:37,89. Tercero fue el alemán Bodo Tümmler (1943) con 3:39,08.

Los resultados completos fueron:

1 Kip Keino KEN 3:34,91 OR
2 Jim Ryun USA 3:37,89
3 Bodo Tümmler RFA 3:39,08
4 Harald Norpoth RFA 3:42,57
5 John Whetton GB 3:43,90
6 Jacky Boxberger FRA 3:46,65
7 Henryk Szordykowski POL 3:46,69
8 Josef Odložil CHE 3:48,69
9 Tom Von Ruden USA 3:49,27
10 Ben Jipcho KEN 3:51,22
11 André Dehertoghe BEL 3:53,63
12 Marty Liquori USA 4:18,22

Bien, hasta aquí, los hechos. A partir de ahora entraré en el terreno de la especulación. En primer lugar, y aunque Nick Williams no lo pregunta en el tuit, habría que plantear lo que habría podido hacer Keino si hubiese corrido como en México, empleando la misma energía, al nivel del mar. Hay que tener en cuenta que el keniano nunca mejoró la marca de México. En el número de octubre-noviembre de 1968 de la revista Atletismo Español, puede leerse un estudio firmado por Antonio Hoyos en el que trata de corregir el valor de los registros conseguidos en los Juegos si hubiesen tenido lugar al nivel del mar. Cree que Keino habría podido correr en 3:31.5. Se basa en la diferencia entre la actuación de otros atletas en la final y sus marcas previas. Sin embargo, son muy pocos casos y la respuesta a la altitud es muy individual. Hoy tenemos más datos. En la siguiente tabla se muestran los mejores 1500 m en altitud y se comparan con la mejor marca al nivel del mar.

1500 altitud

Se trata de los mejores 1500 realizados en altitud, junto con la mejor marca del atleta y la diferencia entre ambos registros. Salvo el caso de Keino, el resto de los atletas, todos kenianos, realizaron su mejor marca en altitud en Nairobi, a 1795 m sobre el nivel del mar, donde se corría muy rápido pese a esta limitación La media de la diferencia entre los dos 1500 es de 2.94. Para aproximar más la pérdida en altitud se podría considerar la mejor marca del atleta el mismo año, pero dado que son 21 corredores, un buen número, tal vez se podría dar como buena esa pérdida de casi 3 segundos. Es decir, Keino podría haber estado en el entorno de los 3:31 largos, casi lo que le atribuían en el artículo antes reseñado. El rendimiento del keniano fue sorprendente, pues no solo llevaba muchas carreras encima, sino que su salud tampoco era la mejor para estar ganando un oro olímpico. Por cierto, la mejor marca mundial de 1500 m en altitud de Keino duró hasta 1992, año en que el obstaculista Moses Kiptanui (1970) hizo 3:34.0 en Nairobi, curiosamente su mejor marca de siempre en la distancia.

En cuanto a Ryun, como se señaló anteriormente, su marca de 3:37.89 fue muy buena. De hecho fue su segundo mejor 1500 de siempre entonces, aunque tenía dos pasos en la milla más rápidos. En la final, tal vez pudo haber corrido algo más rápido. Probablemente pensaba que Keino reventaría e inicialmente fue muy conservador. Su táctica no fue buena. Además, a Ryun la altitud le perjudicó, pues nunca tuvo opción de ganar el oro a un atleta inferior a él sobre el papel. La pista sintética pudo ayudarlo, pero no compensó la altitud. Para analizar la valía del estadounidense, hay que tener en cuenta que había conseguido la plusmarca mundial en una pista de tierra y con un pase del primer 400 en 1 minuto. Tal vez, con un ritmo más sostenido, podría haber hecho ese día menos de 3:32.5 y sustituyendo la tierra por material sintético quizá un segundo menos. En 1968 no había corrido tan rápido como el año anterior, el de la plusmarca mundial. Probablemente su entrenamiento iba dirigido al oro olímpico, no a mejorar las marcas. No hay que olvidar que había sufrido algunas semanas antes de los Juegos una mononucleosis infecciosa.

Ahora, para terminar el atletismo-ficción, hay que contestar la pregunta del título ¿Qué habría ocurrido si la final olímpica hubiese sido al nivel del mar? Si hubiese sido hoy, emulando lo que se hará (esperemos que se pueda) en Tokio, se habrían llevado las pruebas más largas de 800 a Acapulco. Pues bien, en una final al nivel del mar, si Keino hubiese corrido exactamente igual, Ryun se habría pegado a él, como en Los Ángeles, y la carrera habría acabado en 3:31. Sé que hay alguien que estuvo allí que me dirá lo contrario, pero Keino aquel día estaba en estado de gracia y creo que habría ganado igualmente, aunque por mucho menos que en la carrera real. Por supuesto, en ese hipotético 3:31 de Keino, si Ryun hubiese corrido como en México, tampoco lo habría alcanzado y probablemente habría estado en 3:34. Y con esto respondo a la pregunta de Willis sobre la equivalencia de los 3:37.82 del estadounidense en México.

Fanny Blankers-Koen, la estrella que esperó doce años para brillar

En 1936 una jovencísima atleta neerlandesa tomaba parte en los Juegos Olímpicos de Berlín, donde vio a Jesse Owens (1913-1980) ganar 4 medallas de oro. El antílope de ébano se convirtió en la referencia de Francina Koen, a quien todos llamaban Fanny. Poco imaginaba esta adolescente que en los siguientes Juegos ella sería la estrella y que igualaría la hazaña de Owens, pero quizá aun imaginaba menos que los siguientes Juegos no tendrían lugar hasta 12 años después. En ese tiempo el mundo se sumiría en la mayor locura de la historia.

Francina Elsje Blankers-Koen había nacido en el pequeño pueblo de Lage Vuursche, en provincia de Utrecht, el 29 de abril de 1918. En su casa se respiraba deporte, pues su padre había sido lanzador de disco y de peso. Antes de comenzar a practicar atletismo específicamente probó con numerosos deportes, natación, gimnasia, tenis… Para todos ellos mostraba un enorme talento. Finalmente en 1935 se decidió por el atletismo. Parece que tuvo que ver en ello su entrenador de natación, quien, pese a que Fanny era una excelente nadadora, le vio más futuro en el atletismo. Un antiguo saltador de triple, llamado Jan Blankers (1904-1977), que en 1940 se convertiría en su marido, comenzó a entrenarla de forma regular. Empezó en los 800 m, distancia en la que registró 2:29.0, plusmarca nacional, pero enseguida se pasó a la velocidad y a los concursos. Con tan solo un año de entrenamiento acudió a los Juegos Olímpicos de Berlín donde ocupó el sexto y el quinto puesto en las finales de salto de altura y del relevo 4 x 100 m respectivamente. En 1938 se celebró el primer campeonato de Europa femenino al aire libre. Fue la única ocasión en que hubo diferentes sedes para el Europeo masculino, París, y femenino, Viena. Koen, que había superado ese año su primera plusmarca mundial, 11.0 en 100 yardas,  fue tercera en los 100 y en los 200 m, en ambos casos precedida por la polaca Stanisława Walasiewicz (1911-1980), de quien tras su muerte se descubrió que padecía un estado intersexual, y por la alemana Käthe Krauss (1910-1970). Koen esperaba brillar en los Juegos de 1940, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial impidió que se celebrasen la edición de ese año y la de 1944.

La guerra fue especialmente dura para los Países Bajos, que sufrieron la ocupación alemana desde 1940, tan solo dos semanas después del compromiso de boda de Fanny con su entrenador, hasta 1945. La ocupación terminó con una terrible hambruna, el último invierno antes de la liberación, debido al bloqueo de suministros decretado por el agonizante régimen nacionalsocialista. Pese a ello Blankers-Koen continuó entrenando, se casó y tuvo un hijo durante ese durísimo período. Superó 6 plusmarcas mundiales, de salto de altura, 1.71 m, salto de longitud, 6.25 m, 80 m vallas, 11.3, 100 yardas, 10.8,  4 x 110 yardas y 4 x 200 m.

En la primera competición tras la guerra, los campeonatos de Europa de 1946, celebrados en Oslo, la neerlandesa se volvió con 2 oros, en 80 m vallas y el relevo 4 x 100, pero con un sabor agridulce. Durante la final del salto de altura tuvo que hacer una pausa para disputar la semifinal de 100 m. No se clasificó pues sufrió una caída, que la afectó el resto de la competición de altura, donde fue cuarta. En cualquier caso hay que tener en cuenta que en febrero de ese mismo año había tenido una hija. En 1947 ganó los títulos nacionales en 6 disciplinas, 100, 200 , 80 m vallas, salto de longitud, salto de altura y lanzamiento de peso. Para los Juegos Olímpicos de Londres, en 1948, decidió tomar parte en 4 pruebas 100, 200 m, 80 m vallas y relevos 4 x 100. Un sector de la prensa la criticó por no estar en casa cuidando a sus hijos, otro decía que con 30 años era demasiado mayor para ganar un oro olímpico. Y no solo la prensa. También recibió muchas cartas personales criticando su decisión de ir a Londres.

En la castigada capital del Reino Unido, la primera prueba que disputó fueron los 100 m, cuya final tuvo lugar el 2 de agosto. Blankers-Koen se hizo con su primera victoria con 11.9, batiendo a la británica Dorothy Manley (1927) y a la australiana Shirley Strickland (1925-2004), que daría mucho que hablar en las dos siguientes ediciones de los Juegos. Al día siguiente comenzaron los 80 metros vallas. Tuvo que enfrentarse a la favorita local, la británica Maureen Gardner (1928-1974), a la que consiguió batir por centímetros en la final del 4 de agosto, ambas con 11.2. Shirley Strickland repitió bronce. El 6 de agosto, Blankers-Koen se hacía con su tercer oro en la final de los 200 m, con 24.4, la primera vez que se disputaba esta prueba en los Juegos en categoría femenina. La tercera, la estadounidense Audrey Patterson (1926-1996), se convirtió en la primera mujer de raza negra en ganar una medalla olímpica. El 8 de agosto Blankers-Koen recibía el testigo de forma defectuosa en la carrera de relevos 4 x 100 para la última posta en cuarta posición. Una grandísima remontada le permitió hacerse con su cuarta victoria e igualar a su admirado Jesse Owens. Había corrido 11 carreras en 8 días.

La neerlandesa se convirtió en la heroína de los Juegos y en una celebridad mundial. La prensa, tras haberla criticado duramente, se rindió a sus pies. Ahora resaltaban su edad y su condición de madre, mamá voladora, holandesa voladora… Su fama le permitió convertirse en embajadora del deporte femenino, entonces aún muy cuestionado. Su carrera atlética, no obstante, continuaba. En el Europeo de 1950 de Bruselas casi igualó su gesta olímpica con oros en 100, 200 m, 80 m vallas y plata en el relevo 4 x 100 m. En 1952 acudió a Helsinki, su tercera cita olímpica, en los 100 m y los 80 m vallas. Una infección cutánea la obligó a no presentarse en su semifinal de 100 m. En la final de vallas sufrió una caída que la dejó fuera de la carrera. Aún compitió hasta 1955, año en que ganó 58º título nacional, en lanzamiento de peso.

Además de las plusmarcas mundiales reseñadas anteriormente también consiguió igualar la de 100 yardas, 10.8 en 1948, otra vez 80 m vallas, 11.0, también en 1948, 11.5 en 100 m, plusmarca mundial igualada, el mismo año, 24.2 en 220 yardas en 1950 y 4691 puntos en pentatlón en 1951.

Tras su retirada trabajó con la federación de su país hasta 1968. En 1999 la entonces IAAF, hoy World Athletics, la nombró la mejor atleta femenina del siglo XX. Murió el 25 de enero de 2004. En sus últimos años padeció enfermedad de Alzheimer.

Fanny Blankers-Koen fue una amante del deporte a quien una terrible guerra y una no menos terrible hambruna no le impidieron perseguir su sueño olímpico. Fue una estrella que tuvo que esperar doce años para poder brillar con todo su esplendor.